Lunes, Mayo 30, 2011

Carta abierta al Conseller Puig con motivo del desalojo de la Plaza de Catalunya el 27M

Sr. Felip Puig i Godes
Conseller d’Interior
Govern de Catalunya
Barcelona

Sr. Conseller:

Como consecuencia de sus órdenes, personas que no estaban ejerciendo ninguna clase de violencia ni representaban peligro alguno han sido agredidas con brutalidad, ensañamiento, alevosía y abuso de superioridad.

No es Vd. un pobre desgraciado que se ha visto abocado por el azar a una situación no elegida y en la que no ha sabido dar una respuesta más acertada. Tiene Vd. 53 años, dos carreras universitarias, cinco años de experiencia como consejero del gobierno de Cataluña y algunos más como concejal. Ha dedicado su vida a la política. Nada de ello se consigue actuando de modo irreflexivo. Cuando da las órdenes de desalojo de la plaza, sus ocupantes llevan ya varios días en ella. Nada parece indicar que su decisión haya sido fruto de un impulso incontenido frente a una situación que le desborda (lo cual tampoco le eximiría de responsabilidad), sino más bien de un acto plenamente intencional que, en términos de mera crítica política y sin que con ello esté yo tratando de realizar una valoración de la actuación que correspondería a los órganos judiciales, sólo merece ser calificado como criminal.

Sus actuación le hace indigno de ocupar cualquier cargo público. Dimita: será bueno para la sociedad y para Vd. mismo.

El pueblo tiene derecho a no revivir, cada vez que vea su cara en los medios, el dolor por lo acaecido el sábado y el terror que inspira Vd.

Por otra parte, su marcha le dará la oportunidad de iniciar una nueva vida en la que dé otra dirección a sus actos. Nada es irremediable. Ponga al servicio de buenas causas todas las capacidades que ha puesto al servicio de obtener su cargo; trate de reparar una, dos y, mil veces si es necesario, el daño hecho. Si hace lo anterior, quizás, en algún momento, pueda volver a caminar por su pueblo con la frente alta y, lo que es más importante, quizás ahuyente a esos fantasmas que antes o después le asaltarán cada noche para quitarle el sueño.

Saludos.

Publicado por Javier Sampedro en 19:54:05 | Link permanente | Comentarios Desactivados

Carta abierta a los sindicatos UGT y CCOO de los Mossos d’Esquadra con motivo del desalojo policial de la Plaza de Catalunya el 27M

Al Sindicat de Mossos d’Esquadra – CC.OO – sme@ccoo.cat
Al Sindicat Autònom de Policia – UGT – sap@sap.es


Señores representantes sindicales de Comisiones Obreras y Unión General de Trabajadores de los Mossos d’Esquadra:
He leído atentamente los comunicados emitidos por ustedes en los que afirman, en ambos casos, prestar respaldo incondicional a los policías implicados en los lamentables hechos ocurridos en la Plaza de Catalunya de Barcelona el pasado 27 de mayo. He comprobado también como sus críticas se dirigían al hecho de la defectuosa planificación del “operativo” y, más en concreto, a que éste hubiera tenido lugar a las 07:00 de la mañana y no a las 02:00 de la madrugada, ya que a esa hora -según sus propias afirmaciones- fue posible que otras personas acudieran a apoyar a los concentrados y, aunque no lo dicen, que tuviera mayor repercusión mediática la intervención armada.Me ha sorprendido, en sindicatos que se presumen progresistas, la ausencia de toda crítica a la propia intervención policial y al modo tan violento en que ésta tuvo lugar.

Afirman ustedes la existencia de policías heridos. Dadas las violentísimas agresiones cometidas por numerosos policías, no hubiera sido de extrañar que algún ciudadano, en legítima defensa, hubiera intentado causar daño físico al policía agresor. Otra cuestión diferente es que lo hubiera conseguido, dada la desproporción de medios de ataque y defensa. En todo caso, no es eso lo que se ve en lo vídeos. Más bien al contrario, los agredidos, en algunos casos con sorprendente y admirable estoicismo, aguantaban los golpes y patadas que recibían de los policías agresores. Cabe suponer, pues, que la mayoría de los “compañeros heridos” a los que ustedes se refieren en sus comunicados, lo habrán sido como consecuencia de la enérgica actividad desarrollada. ¿Acaso sus lesiones son lumbalgias ocasionadas al agacharse para golpear, roturas de muñeca o de tobillo fruto del desmedido uso de la porra o de las contundentes patadas propinadas a gente tumbada en el suelo, hematomas derivados del retroceso de sus fusiles lanzadores de pelotas de goma, etc.?

Lo que hemos visto es a policías fuertemente armados, con las caras tapadas, protegidos con trajes especiales, cascos y escudos, golpeando de modo inmisericorde a personas desarmadas, la mayor parte de ellas sentadas, que no representaban peligro alguno ni para los policías ni para nadie y que, sobre todo, mostraban sus rostros porque no tenían nada que ocultar. Algunos, ingenuamente, arrojaban flores tratando de apaciguar la crueldad de esos individuos que parecían regocijarse en su feroz violencia.

Afirman también que las responsabilidades no son de los ejecutores materiales de las agresiones sino de los responsables políticos que ordenaron el desalojo. Desde luego, que el Conseller Puig es responsable político y, posiblemente penal, de los hechos, como máxima autoridad competente en la materia. Ahora bien, eso no exime en absoluto a los ejecutores materiales. Es falsa su afirmación en el sentido de que la desobediencia de los cuerpos de seguridad pondría en peligro el Estado democrático de derecho. El Estado democrático de derecho queda en cuestión justamente cuando, con los medios que les proporciona el propio Estado, los funcionarios encargados de hacer cumplir las leyes impiden a los ciudadanos el ejercicio de sus derechos fundamentales y les agreden sin motivo alguno. El hecho de que el Conseller haya obtenido su cargo mediante un proceso supuestamente democrático no justifica nada. Nada legitima las violación de derechos fundamentales: ni la supuesta elección democrática de quien la ordena, ni la supuesta obediencia debida de quien la ejecuta.

Los funcionarios tienen, no el derecho, sino el deber a negarse a cumplir órdenes manifiestamente injustas e inmorales, como era el caso.

Creería más que sus compañeros temían desobedecer las órdenes por las consecuencias personales que ello pudiera acarrearles. Nadie está obligado a ser un héroe. Ahora bien,  ¿qué necesidad había de tal saña? ¿qué necesidad había de golpear a quién estaba sentado y desarmado? ¿qué necesidad había de perseguir y golpear a gente que huía aterrorizada? ¿eran ésas las órdenes? Los vídeos muestran a compañeros suyos que, aunque en actitud amenazante, permanecen quietos frente a los concentrados y otros que sin motivo alguno golpean con inusitada brutalidad a otras personas también pacíficamente sentadas. Incluso entre los antidisturbios hubo comportamientos diferentes. ¿No eran iguales las órdenes para todos? ¿Por qué unos agredían y otros no? ¿Qué pasaba en la cabeza y en los corazones de los que de modo tan innecesario maltrataban a los concentrados? ¿Qué clase de íntima satisfacción les producía su comportamiento?

No lo comprendo y no les comprendo a ustedes. Entiendo que son compañeros suyos, pero ese sentimiento de compañerismo ha de tener un límite. Los actos de esos compañeros y representados suyos, por más que ustedes afirmen que cuentan con cobertura legal, son más propios de delincuentes que de quiénes se presumen servidores públicos. Hay cientos de vídeos que así lo demuestran.

Piensen por un momento. ¿Son capaces, los que hicieron eso, cuando vuelven a casa, de contarle a sus hijos en qué consistió su día de trabajo? ¿Se atreven, cuando toman un café en el bar y sale el reportaje en la televisión, a decirle a los restantes parroquianos: “yo soy ése, el que da patadas”?

¿Se sienten orgullosos de sus actos? ¿Pueden dormir tranquilos? ¿Creen ustedes señores sindicalistas que lo más coherente es prestar apoyo incondicional a esos comportamientos en vez de condenarlos firmemente? ¿Creen que lo más adecuado es personarse como acusación particular contra ciudadanos víctimas de la brutal intervención? ¿Creen realmente que es apropiado afirmar, como han hecho, que la intervención de los mossos fue de una “profesionalidad digna de reconocimiento?A todos nos gustaría una sociedad donde la policía no fuera necesaria. Nos gustaría una sociedad en las que de motu propio todo el mundo cumpliera con las reglas de convivencia. Pero sabemos que, al menos actualmente, ello no es posible. ustedes son necesarios para garantizar la seguridad de todos. Cumplen una función, en ocasiones desagradable y no siempre bien entendida. Y eso es de agradecer. Ahora bien, cuando lo que hace alguno de ustedes, vistiendo el uniforme, no es en favor de la ciudadanía sino en contra de ésta, cuando el monopolio de la violencia física que les entrega el pueblo para garantizar su seguridad, la emplea alguno de ustedes contra el propio pueblo, al pueblo empieza a sobrarle la policía pues la única diferencia entre los cuerpos policiales y la delincuencia organizada será la fuente de financiación.

¡Ojalá, señores sindicalistas de la policía, tengan ustedes la altura de miras que se requiere en este momento histórico! ¡Ojalá adviertan que los ciudadanos que se concentran en las plazas nada tienen contra ustedes sino que el enemigo común es un sistema inhumano del que ustedes también son víctimas!

¡Ojalá comprendan que hacerse cómplices de la crueldad deslegitima toda acción política o sindical! ¡Ojalá se atrevan a criticar abiertamente y sin matices el desalojo del 27 de mayo y la brutal violencia que allí se ejerció, aunque eso les suponga la pérdida de algún voto en las elecciones sindicales!

¡Ojalá inviten a todos sus representados a ir sin uniforme ni armas a las plazas, a participar en las asambleas y a cooperar con las comisiones! ¡No tengo ninguna duda de que todos, incluso los que el 27 de mayo participaron en el desalojo, serán bien recibidos si llegan de buena fe, desarmados y con ánimo de cooperar, pues allí sólo se cierran las puertas a la violencia y la intolerancia! Aquellos que acepten la sugerencia descubrirán por sí mismos que algo nuevo está alumbrándose y ello dejará, como en todos los que hemos estado, huella indeleble en sus corazones.

Saludos.


Publicado por Javier Sampedro en 19:51:12 | Link permanente | Comentarios Desactivados

Domingo, Septiembre 19, 2010

Partió Mario, el Maestro de maestros

Ayer por la mañana, al despertar encontré varios mensajes en mi teléfono móvil que me informaban de la partida de Mario. Lo cierto es que apenas reaccioné. Me pareció un hecho triste, pero varios mensajes de correo electrónico que circularon en las últimas semanas hacían prever que el momento se acercaba.

En la tarde acudí a las ceremonias previstas en el Parque Toledo. Reconozco que lo hice de un modo un tanto mecánico; en una circunstancia como ésta, dejar de estar entre mis compañeros de viaje, no era una opción admisible. El ambiente en el lugar era distenso, aunque de gran emotividad entre todos y, la intensidad y duración de los abrazos no era la propia  de amigos que nos vemos con frecuencia sino más bien de hermanos que llevaran años sin encontrarse. Es verdad que la humedad en los ojos de alguno que otro denotaba un cierto desborde de esa emotividad; sin embargo, el clima general era de serenidad frente a la partida de Aquél que siempre estará entre nosotros.

A lo largo de hoy, sábado, he estado haciendo algunos trabajos de los propuestos para los postulantes a la Escuela. En varias ocasiones, he perdido la atención y el recuerdo de lo acaecido se me hacía presente, acompañado de algún otro recuerdo significativo de mi participación en nuestro movimiento. En cada una de esas ocasiones, la emoción me ha embargado y un suave llanto se ha apoderado de mí. Pero mi llanto no ha sido el de la desesperanza. Ha sido un llanto suave, dulce incluso,  provocado por el reconocimiento profundo de que la historia de mi vida, la la de mis acciones y omisiones, la de mis aciertos y errores, la de mis contradicciones y las de mis intenciones, sólo puede ser comprendida a la luz de las enseñanzas de Silo.

Y, si alguien, en su ignorancia creyera que mi reacción es desproporcionada o una suerte de gratuito culto a la personalidad,  ¡qué poco sabe de la habitual insolencia del autor de estas líneas! y, sobre todo, ¡qué poco conocía al Maestro!

Hoy más que nunca caigo en cuenta del regalo que me hicieron tanto el amigo que me llevó de la mano hacia la obra común como aquellos otros que, como orientadores, pares, compañeros de actividad, mensajeros o de otras maneras, me han ayudado a lo largo de muchos años a mirar el mundo de otra manera. Son muchos los nombres y sería casi imposible citarlos a todos.  Permítanme pues, aunque mi agradecimiento se extiende a todos, que mencione sólo a mi entrañable amigo Jesús, que fue quien hace casi treinta años me mostró el siloísmo.

Los seguidores contemporáneos de Silo hemos tenido una inmensa fortuna que ya no tendrán los que a partir de este momento adhieran al siloísmo. Esa reflexión explica, por sí misma, la especial intensidad de nuestras emociones en este momento tan singular. Dejemos, pues, que esas emociones fluyan, pero agradeciendo el regalo que la vida nos ha hecho coincidiendo en este tiempo y espacio con un ser humano tan excepcional. Ahora nos corresponde seguir haciendo, sin su tutela directa, nuestra parte. No será una tarea exenta de dificultades, pero que, con nuestra intención y su copresencia, sabremos hacer.

Hoy y siempre, gracias, Maestro.

Para todos, paz, fuerza y alegría.

Publicado por Javier Sampedro en 01:56:16 | Link permanente | Comments (16)

Lunes, Febrero 1, 2010

Réquiem por tres afganos y un colombiano

Hoy han vuelto a llegar a España malas noticias desde Afganistán. Combatientes afganos han matado a un colombiano y han herido gravemente a otro compatriota suyo y a un español, todos ellos enviados a la guerra por el Gobierno de España. Las tropas enviadas por el Gobierno han acabado, a su vez, con tres afganos.

Cuatro muertos más que lamentar en un incidente violento ocurrido en ese lejano país al que hemos ido con nuestras máquinas de matar sin que nadie nos invitara.

Nadie se acordará de los afganos muertos. Según el Ministerio de Defensa, cometieron un atentado. No sabemos si también lo llamarían atentado si el tanque fuera afgano, estuviera transitando por la Puerta del Sol de Madrid y el que hubiera puesto la mina para destruirlo fuera un cabo primero de la Legión. Ojalá no tengamos que averiguarlo nunca. Pero como esto es un “atentado”, los afganos muertos son terroristas y, por ello, no merecen ni ser mencionados en el comunicado del Miniesterio. Para el Gobierno español no existen. Son el enemigo. El enemigo cuya tierra hemos invadido, pero, al fin y al cabo, el enemigo.

Al joven colombiano John Felipe sí le mencionan en el comunicado de prensa. Dan su graduación, edad, nacionalidad y destino. Durante unos días será noticia. Carme Chacón ya partió para Afganistán. Hará declaraciones sentidas y quizá llore, pondrá una medalla en el féretro del chico y solicitará una pensión para la familia de John. Carme no puede permir que la moral de la tropa decaiga. Es necesario que los soldados perciba nque el mando está con ellos. Pero, tras dos semanas, John Felipe pasará al olvido, como pasaron Jorge Arnaldo, Germán, Stanley, Idoia, Cristo, Christian, Rubén y otros muchos. A nadie le importará lo sucedido y su memoria correrá la misma suerte que la de los tres afganos abatidos hoy. Son carne de cañón. Y, como en España escasea, la importamos de fuera. Ecuador, Colombia o Perú son buenos proveedores: países con muchos jóvenes necesitados dispuestos, por unos pocos euros, a sacrificar sus vidas o sus conciencias en esta guerra que tan ajena les resulta.

Mientras tanto, un Zapatero, en el que ya no reconocemos al que se manifestara contra la guerra de Irak, organiza con el flamante Premio Nobel de la Paz, Barack Obama, el envío de otros quinientos soldados más a morir o a matar.

Disculpenme, amigos, si hoy no soy capaz de encontrar unas palabras de esperanza o de optimismo para cerrar mi reflexión, pero el dolor, la pena, el asco y la impotencia me invaden. Espero que puedan entenderlo.

Publicado por Javier Sampedro en 22:53:06 | Link permanente | Comments (28)

Domingo, Enero 31, 2010

Una visión humanista sobre la reforma del sistema de pensiones

El Gobierno de España ha anunciado su intención de reformar las leyes para prorrogar la edad de jubilación desde los 65 a los 67 años, así como para endurecer las condiciones para la percepción de pensión e, incluso, disminuir su importe para ciertos colectivos.

La reforma era algo tan previsible como la crisis inmobiliaria o la crisis financiera. Sólo faltaba ponerle fecha y que algún Gobierno asumiera el coste político. Zapatero ha hecho ambas cosas.

Es curioso como, en España, cada vez que hay elecciones, el PSOE nos amenaza con los males que recaerán sobre nuestras cabezas si gana la derecha, pero finalmente suelen ser ellos, estos neoliberales con piel de socialdemócratas, los que actúan de mamporreros del gran capital. Felipe González acumuló en su debe numerosos recortes en los derechos de los trabajadores, la cruel reconversión industrial, el alto porcentaje de contratación temporal y endurecimientos en las condiciones para la percepción de pensiones. El PSOE hizo el trabajo sucio que luego, el PP, sólo tuvo que consolidar. Zapatero, a pesar de sus proclamas sociales por toda Europa, se descuelga ahora con esta provocación.

El momento es propicio para el anuncio. Las crisis financiera e inmobiliaria y la subsiguiente recesión económica han evidenciado la invalidez del modelo productivo español. No es válido para crear empleo pleno, de calidad y productivo y, consecuentemente, no genera riqueza suficiente para que tanto trabajadores como pensionistas cuenten con unos ingresos dignos. Ahora bien, es profundamente injusto que éstos (los trabajadores y los pensionistas) paguen con aumentos de cotizaciones o reducciones de derechos la inoperancia de nuestros gobernantes pasados y actuales y el ilegítimo lucro de los únicos beneficiarios de estas crisis: los especuladores inmobiliarios y financieros.

En todo caso, las crisis sólo han sido disparadores y aceleradores de la reforma pues los argumentos de sus defensores resultan más fácilmente explicables con cuatro millones de desempleados que con una economía en aparente expansión. Llevan años repitiéndonos que el sistema de Seguridad Social no será capaz de pagar en el futuro las pensiones porque fue diseñado para tiempos en que había muchos trabajadores en activo y pocos jubilados. Nos dicen que había muchos jóvenes para contribuir (la generación de la explosión demográfica conocida como “baby boom”) y los pensionistas eran los pocos supervivientes de la Guerra Civil que, además, tenían la deferencia de morirse pronto y, así no abusar de la generosidad de la Seguridad Social. Supuestamente, en ese diseño, sucedía que, por término medio, por cada dos trabajadores que ingresaban dinero en la cuenta de la Seguridad Social había un jubilado que iba retirar su pensión de la misma cuenta. Parece que las proporciones han cambiado y que en el futuro cambiarán más; los pensionistas que van a pretender retirar dinero de la cuenta van a ser muchos más que antes, porque serán justamente aquellos chavales del “baby boom”, que están ya cambiándose de la fila de los que pagan a la fila de los que cobran y, a diferencia de sus cumplidos abuelos, son unos desvergonzados que pretenden seguir vivos y, en consecuencia, cobrando pensión, hasta los 80 ó 90 años.

A fuerza de repetirnos lo anterior hemos acabado por creernos que la reducción de nuestras pensiones y el retraso de la edad de jubilación es un hecho inevitable y que sólo cabe esperar que se retrase lo suficiente para que no nos afecte. Por si llega demasiado pronto, aquellos a los que nos sobran algunos euros a fin de año, los depositamos en los planes de pensiones, pequeñas huchas custodiadas por los bancos y etiquetadas con el nombre de cada uno de nosotros para que nuestra vejez con la miserable pensión que probablemente nos deje el sistema público, no sea tan penosa. El banquero elegido, amablemente, autorizará la apertura de nuestra hucha el día en que nos jubilemos.

En definitiva, además de habernos preparado para que no nos rebelemos contra el expolio de nuestros derechos, han dejado el terreno expedito para que los bancos exploten una rentable línea de negocio basada en el comprensible temor de muchas personas a una vejez con privaciones.

Sin embargo, todo el razonamiento tiene algunas trampas.

Aún, algunos de nuestros conciudadanos creen que la pensión percibida de la Seguridad Social es, de alguna manera, fruto del dinero cotizado en su vida laboral activa. Los distintos gobiernos han tratado de mantener esa ficción, pero, obviamente no es así: el dinero que cada trabajador o su empresa deposita en la caja de la Seguridad Social se gasta inmediatamente en pensiones. Si se afirmara que, a pesar de lo anterior, lo que finalmente se recibe como pensión es dependiente de lo aportado en la vida laboral activa, sólo se diría la mitad de la verdad. Es cierto que, cuando se fija la pensión de jubilación, los tiempos y cantidades aportadas al sistema de Seguridad Social son tenidas en cuenta, pero no lo es menos que los criterios son cambiantes, de modo tal que la contribución no consolida derecho alguno a la percepción de pensión sino que dicho derecho, así como el importe de la pensión, es dependiente exclusivamente de la legislación vigente en el momento de la jubilación.

Los pagos a la Seguridad Social constituyen, a diferencia del IRPF o el Impuesto de Sociedades, un impuesto finalista. Es decir, la Seguridad Social tiene una contabilidad separada de la del resto de las cuentas del Estado. Las deducción de Seguridad Social que nos realizan en la nómina a los trabajadores (o el pago que realizan autónomos y empresas) está diferenciada del impuesto general (IRPF), se calcula con criterios diferentes, se deposita en cuenta separada y las pensiones sólo se pagan de esta cuenta. Como consecuencia de ello, si sobra dinero, como ha pasado en estos años atrás, se guarda en un bote para necesidades futuras y si las cantidades recaudadas por cotizaciones a la Seguridad Social son insuficientes para hacer los pagos, que es lo que parece que se anuncia, lo único afectado es el propio sistema de Seguridad Social.

Ningún otro servicio estatal está gestionado con impuestos finalistas. Es decir, no hay un impuesto especial con un sistema de cálculo diferenciado para pagar, por ejemplo, los gastos de alimentación de la familia real o la contribución de España a la OTAN, de modo tal que si, por cualquier circunstancia, los ingresos disminuyeran, fuera necesario legislar para sustituir en la cocina del Palacio de la Zarzuela la gamba blanca de Huelva por langostino de criadero o, cosa menos grotesca pero más interesante, retirar las tropas de Afganistán.

Para el resto de gastos, el Estado recauda a través del Impuesto sobre la Renta (IRPF), el Impuesto de Sociedades, el IVA y algún otro impuesto menor y, con todo lo recaudado, las Cortes deciden como se reparte cada año entre las distintas necesidades, priorizando según la importancia que, de acuerdo a los valores e ideología de los partidos mayoritarios, tenga cada partida presupuestaria.

La consecuencia de no tener integrada la Seguridad Social con el resto de cuentas del Estado es manifiesta. Si sobra dinero, éste no puede emplearse en atender o mejorar otras necesidades sociales básicas como educación, salud, vivienda, etc. Y, si como se prevé que sucederá en unos años más, falta dinero, tampoco puede resolverse el problema reduciendo otros gastos del Estado, sino que la solución hay que buscarla dentro del sistema de Seguridad Social, penalizando, si es necesario, a los trabajadores con más cotizaciones o a los pensionistas con menos derechos. Con el resto de gastos del Estado no sucede lo mismo. Cuando falta dinero, falta para todo y cuando sobra, sobra para todo, tomándose, mediante la política presupuestaria, las decisiones de incrementos o reducciones de impuestos y gastos que correspondan, pudiendo todas las partidas ser objeto de discusión.

Debemos de denunciar el engaño al que se somete a la ciudadanía haciéndole creer que ciertas medidas son inevitables y que no queda más alternativa que la resignación y, si se puede, ahorrar algo por medio de planes de pensiones custodiados por entidades financieras. No serán, desde luego, los bancos los que denuncien la farsa. Más bien al contrario, los banqueros babean ante la magnífica golosina que representa esos depósitos inmovilizados durante decenas de años, con los que podrán libremente especular con avaricia e irresponsabilidad, hasta el punto de que si de la especulación resultan ganancias serán para el banco y si hay pérdidas lo serán para los ahorradores, ya que astutamente el banco habrá distribuido las inversiones propias y las de los fondos del modo más conveniente para sus intereses y, además, habrá separado en una sociedad anónima diferente la gestión del fondo para limitar sus responsabilidad en caso de pérdidas.

Corresponde ahora repensar el sistema desde una óptica radicalmente diferente.

Resulta obvio que, aunque se aspirara a ello, el Estado no está en condiciones de garantizar (como los bancos dicen hacer) que las contribuciones de cada trabajador quedan almacenadas en una hucha particular que luego se recupera en forma de pensión a su jubilación, puesto que el mismo dinero que serviría para llenar esas huchas es necesario ahora para pagar el gasto de pensiones actuales. Así pues, aunque es una opción que en modo alguno comparto, me ahorraré comentarla.

Una mirada humanista nos debería conducir a fundamentar de otro modo el derecho a la percepción de una pensión. Hasta ahora el derecho al cobro de una pensión y el monto de ésta se asociaba al hecho de haber contribuido en la vida laboral activa al sistema de seguridad social y a las cantidades aportadas. Dicha asociación de ideas es, a mi juicio, extremadamente insolidaria pues excluye del sistema, condenando a la pobreza, a quiénes no quisieron o no pudieron hacer esas contribuciones y prolonga, más allá de la vida laboral las diferencias retributivas, incurriendo en una práctica tan absurda y antisocial como otorgar un servicio público de más calidad al ciudadano que pudo pagar mejores impuestos. Es algo así como si las personas que pagan más impuestos tuvieran derecho preferente de acceso a los colegios públicos, a las viviendas de protección oficial o a ser colocados en las primeras posiciones en las listas de espera para ser intervenidos quirúrgicamente.

La asociación entre contribución a la Seguridad Social y derecho al cobro de pensión es, además de insolidaria, ilusoria. Es ilusoria porque, como hemos visto, el dinero cotizado se gasta en pagar pensiones tan pronto como se ingresa, por lo que ningún administrador público puede seriamente comprometerse respecto a los derechos que, pasados veinte o cuarenta años, otorgará haber cotizado.

Como humanista, creo que la pensión de jubilación deber ser concebida como el derecho universal a disponer de recursos económicos para subsistir dignamente sin necesidad de trabajar, cuando se alcanza cierta edad en la que resultaría injusto pedirle a esa persona que siga laboralmente activa o, cuando sin llegar a esa edad, se produce una circunstancia similar, bien por el largo número de años dedicados al trabajo, bien por la especial penosidad de las actividades desarrolladas en el período de actividad laboral.

De este plantemiento se deriva que el monto de la pensión no debe vincularse a conceptos como los años de cotización o las cantidades cotizadas, sino que más bien se trataría de contar con un importe único para todos los pensionistas sólo modificable en condiciones de excepcional necesidad. Obviamente dicha cantidad debería alcanzar para llevar una vida digna. Nada impide que aquellas personas en activo con capacidad suficiente de ahorro pudieran constituir planes individuales de pensiones que, llegado el momento, complementen los ingresos de su pensión de jubilación, pero sin que en ningún caso la pensión pública fuera tan baja que disponer de un plan individual de pensiones constituyera una necesidad. Desde luego que toda la regulación de los planes de pensiones debería ser reformada atribuyendo al Estado un papel muy diferente al actual para garantizar que en ningún caso los ahorradores sean víctimas de la rapacidad de la banca.

También de esa nueva mirada sobre la pensión de jubilación, surge la necesidad de modificar el sistema recaudatorio. Actualmente es, como decíamos más arriba, un sistema finalista. Además de ellos es la antítesis de la progresividad impositiva. A diferencia del IRPF en el que a mayores ingresos mayor porcentaje de impuestos a pagar, en la Seguridad Social el porcentaje es único y existe un tope superior absoluto: todos los trabajadores pagan un 4,7% con un tope máximo de 150 euros mensuales, sea cual sea el salario.

En cuanto a las empresas, estás abonan un porcentaje fijo del salario de cada trabajador, aunque sin superar nunca los 750 euros por trabajador y mes (para el caso de trabajadores que cobren 3.100 euros o más), con independencia de que la empresa sea muy rentable o esté generando pérdidas. Es decir, se trata de un sistema en el que contribuyen más las empresas que más trabajadores tienen y mejor pagan a los trabajadores de baja categoría, con independencia de los beneficios reales de esa empresa.

Y, desde luego, aquellos que sean ajenos al mundo del trabajo, porque sus ingresos procedan, por ejemplo, de rentas o herencias, en nada contribuyen a la financiación de las pensiones de jubilación.

Si la pensión de jubilación fuera un derecho universal debería financiarse con los impuestos generales y aplicando los mismos criterios de éstos; es decir, las contribuciones a la Seguridad Social deberían desaparecer, trasladando la recaudación equivalente a impuestos directos, que en términos absolutos se verían incrementados, de forma tal que contribuya más quien más tiene y desvinculando de modo efectivo toda expectativa de percepción de pensión de la situación económica de cada uno en su vida laboral activa.

Las medidas anteriores están relacionadas con lo que yo entiendo que sería una visión más humanista del problema porque atribuye derechos a cada ser humano en función de sus necesidades presentes y no en función de sus riquezas pasadas, porque pide que cada uno contribuya a la financiación de un servicio tan esencial como atender a nuestros jubilados según sus posibilidades reales.

Por supuesto que, desde esta óptica, la jubilación sería sólo un derecho, no una obligación. Esto es, aquellas personas que quisieran seguir en su vida laboral activa y no tengan una merma significativa de capacidades físicas o mentales que supongan un riesgo para ellas mismas o para terceros deberían poder continuar ilimitadamente en activo. Incluso sería positivo profundizar en medidas de flexibilización que permitan, a partir de cierta edad, compatibilizar el trabajo a tiempo parcial con la percepción, también parcial, de la pensión de jubilación.

Soy consciente de que para aquellos que, puntualmente y durante muchos años, han hecho sus contribuciones al sistema público de Seguridad Social, les resulte extraño, e incluso inaceptable, que alguien venga a proponer que los que no han contribuido al sistema o lo han hecho aportando cantidades pequeñas, alcancen un derecho equivalente al suyo. No tengo muchos argumentos respecto a estas objeciones. Se trata de una opción ideológica. Tiene que ver con la sociedad que queremos para nosotros y nuestros hijos. Yo prefiero vivir en un mundo en el que aquellos que, por edad, ya no les podemos pedir que sigan laboralmente activos dispongan de unos ingresos garantizados que les permitan vivir con desahogo, sin importar cuál fue su pasado. Otros entienden que sólo los que contribuyeron mientras estaban en activo deben tener ese derecho y, además, que la cuantía debe estar relacionado con el tiempo y la cantidad aportada. Convendría, no obstante, que los que así piensa recuerden que tampoco el sistema actual proporciona garantía seria alguna en el sentido de vincular cotizaciones y percepciones.

También soy consciente de que otro sistema recaudatorio perjudicará económicamente a los trabajadores con ingresos superiores a los 3.000 mensuales y favorecerá a los que están por debajo de esta cantidad. También será contrario a los intereses económicos de las empresas con grandes beneficios y poco empleo, pero ayudará a aquéllas que crean empleo y tienen un beneficio razonable. Desde luego, también serán perjudicados económicamente los que, por vivir de las rentas, nunca contribuyeron a financiar las pensiones. Es probable que algunos de los que tengan que pagar más impuestos con este nuevo modelo recaudatorio no verán con buenos ojos esta propuesta.

Por último, estarán los que la rechacen porque prefieren que este gasto social, cuyo importe es casi idéntico al que el Estado dedica a otras materias, esté suficientemente aislado, para, de esa manera, asegurar que los gastos que, de acuerdo a sus valores, priorizan, no se vean afectados en la eventualidad de que la partida para gastos de pensiones deba incrementarse. En otras palabras, rechazarán una propuesta en este sentido porque, por nada del mundo, querrán que para asegurar los pagos de las pensiones puedan ser cuestionados, por ejemplo, los gastos en armamento o en subvencionar a ciertas organizaciones vinculadas a confesiones religiosas.

En todo caso, nada podremos objetar a los que se opongan a esta propuesta desde una visión del mundo diferente a aquella que la suscita. Para dialogar, sería necesario, antes, llegar a acuerdos sobre el modelo de sociedad al que aspira cada uno de nosotros. Algunos lo tenemos meridianamente claro. Me temo que otros también.

Publicado por Javier Sampedro en 17:40:55 | Link permanente | Comments (25)

Sábado, Octubre 10, 2009

¡No a la guerra!

“El jefe del Ejecutivo subrayó que España tiene una obligación de solidaridad con aquellos países de los que es aliado y debe contribuir al esfuerzo internacional en una misión de apoyo humanitario de carácter conjunto”.

“El jefe del Ejecutivo recalcó que Naciones Unidas y la OTAN han definido la operación como de ‘estabilidad y reconstrucción’ y que las tropas trabajan para lograr un país ‘viable’, ‘democrático’ y ‘con un horizonte’”.

El primero de los párrafos anteriores está extraído de El Mundo y el segundo del periódico gallego Atlántico. Además de eso, les diferencia la fecha, uno es del 19 de marzo de 2003 (el día previo al comienzo del genocidio en Irak) y el segundo del 9 de octubre de 2009. Como el lector ya habrá podido deducir, el “jefe del ejecutivo” del primer párrafo era Aznar y el del segundo, Zapatero. Es curioso, no obstante, observar como el fantasma que habita en el Palacio de la Moncloa se apropia de los cuerpos de sus inquilinos más insignes y éstos desarrollan la admirable técnica de adornar palabras tan repugnantes como “tropas” y “aliados” con otras que aluden a sentimientos encomiables, tales como “solidaridad” o “humanitario”.

Ya todos sabemos que en Afganistán no hay una misión humanitaria ni nada similar. Hay una guerra y los soldados españoles constituyen una tropa invasora en un territorio ocupado. El pasado jueves, el joven soldado español Cristo Ancor Cabello murió en Afganistán. Su muerte se produjo mientras ocupaba la posición de tirador en una tanqueta como la que se ve en la foto, es decir, mientras manejaba ese artefacto mortífero parecido a una ametralladora ubicado en la torreta del vehículo. El hecho ocurrió cuando la tanqueta pisó una mina anticarro, es decir, una bomba de gran potencia que se activa cuando un vehículo pesado como éste pasa por encima. Quizá, incluso, fuera una mina producida en alguna de las numerosas compañías europeas o españolas de fabricación de armamento.

Foto de BMR 600
Foto de BMR 600

Indudablemente, la pérdida de Cristo es lamentable. Tan lamentable como la de cada ser humano, nacional o extranjero, civil o militar, que cae a diario a ese campo de batalla. Ahora bien, calificar este acontecimiento, como hace el Gobierno, de atentado terrorista, es asimilar la muerte de este joven con la de los viajeros de los trenes de Atocha, los compradores del Hipercor de Barcelona o muchos trabajadores y empresarios vascos que fueron víctimas de ETA cuando salían de casa para acudir a su trabajo o jugar una partida de naipes con los amigos. Y esto es una manipulación que, de no referirse a acontecimientos tan dolorosos, sería grotesca. Cristo murió en un acto de guerra, como acto de guerra, y no atentado terrorista, fue la venganza ejecutada al día siguiente por el ejército norteamericano.

Zapatero, como hizo Aznar, miente. Es triste ver repitiendo las palabras de Aznar al hombre que ganó las elecciones gracias al ansia de paz de los españoles a los que este personajillo rampante y belicista les causaba profunda repulsión.

Zapatero, al traicionar la esperanza de aquellos que confiaron en él, hace honor a la tradición de los líderes socialdemócratas. En su favor hay que decir que la traición no se ha consumado a la misma velocidad que la de su predecesor y correligionario Felipe González que, con pasmosa rapidez, pasó de liderar la oposición a la OTAN a convertirse en un atlantista convencido y, de luchador por la democracia, a valedor de los violadores de Derechos Humanos, que encontraron cobijo en sus gobiernos.

Es la hora de entonar de nuevo el “No a la guerra”. Es la hora de negarle ya el apoyo a ese presidente que, aunque juega a “poli bueno”, también canjea vidas humanas por entradas a la Casa Blanca. Es la hora de creer que ese mundo sin guerras, al que aspira la mayoría de la humanidad, es algo posible. Es la hora de que todos los que compartimos el proyecto de un mundo más humano tomemos el timón del futuro.

El día 14 de noviembre pasa por Madrid la Marcha Mundial por la Paz y la No Violencia. Un grupo de hombres y mujeres que, desde el 2 de octubre, día de la No Violencia, en que partieron de Wellington (Nueva Zelanda) hasta el 2 de enero, en que arribarán a Punta de Vacas (Argentina), recorrerán más de cien países portando un mensaje de esperanza.

La Marcha Mundial será recibida en cada punto de su recorrido por individuos y colectivos que sienten como propias las demandas de la Marcha: desarme nuclear absoluto, retirada de las tropas invasoras de los territorios ocupados, reducción del armamento convencional, firma de tratados de no-agresión y renuncia de los gobiernos a la guerra como medio de resolución de conflictos.

Ningún gobierno debería permanecer ajeno a esta llamada que nace de los corazones de la gente buena. España, como potencia ocupante en Afganistán, tiene sus deberes por hacer. El 14 de noviembre, si no ha enmendado aún, será muy buen día para recordárselo a Zapatero.

www.marchamundial.org

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Domingo, Mayo 18, 2008

Naciones, nacionalismo y humanismo

Naciones

No existe una definición unívoca del concepto de nación. No obstante, sociólogos, juristas y políticos convienen en que se trata de una comunidad humana cuyos miembros comparten un cierto patrimonio histórico y cultural común sobre el que articulan lazos afectivos y de solidaridad. También dirían que es una identidad colectiva que no todos los seres humanos experimentan de igual modo o con el mismo entusiasmo. Así, por ejemplo, mientras que unos se consideran simultáneamente de varias naciones, otros estiman aberrante tal posibilidad.

Ese sentimiento de pertenencia a una nación y, los consiguientes lazos de solidaridad que se establecen entre las personas que comparten identidad nacional han propiciado el desarrollo de las comunidades humanas y han dado protección y seguridad a las personas frente a los azares del destino. Por otra parte, la multiplicidad de naciones y la evolución histórica de los sentimientos nacionales son muestras de la rica diversidad de nuestra especie.

Nacionalismos

En los siglos pasados, junto con la construcción teórica del siempre inacabado concepto de nación, surgieron también los nacionalismos políticos. Es decir, esas ideologías que preconizan el derecho de las naciones a constituir una comunidad política con instituciones y territorio propio, esto es, un Estado.

La ideología nacionalista se extendió con rapidez e impregnó buena parte del pensamiento político de los últimos siglos.

Un pensamiento que revolucionó los fundamentos de la organización política, que hasta entonces giraban en torno a la figura del monarca y no del pueblo, y que dotó de sustento ideológico a los movimientos anticoloniales y a la lucha antiimperialista de los dos siglos pasados, actuó también como cimiento ideológico del fascismo y del nacionalsocialismo.


Estado y nación

Tanto éxito tuvo el pensamiento nacionalista que, muy pronto, se pasó de considerar al Estado como la realización del máximo anhelo de una nación, a considerar la nación como la condición imprescindible para constituir un estado. De tal modo fueron las cosas que, en lenguaje vulgar, nación y Estado se convirtieron en términos sinónimos y, la identificación entre ambos conceptos es considerada por amplias capas de la población como algo tan real, cierto e inmutable como que el Sol salga por Levante.

Ahora bien, nada más distante de la realidad que esa identificación entre Estado y nación. Mientras que el Estado de asienta en un conjunto de normas e instituciones, la nación lo hace en un sentimiento de pertenencia que es experimentado de manera singular por cada uno de sus integrantes.

No suelen confundir ambos conceptos quienes sintiéndose, por ejemplo, tibetanos, navajos, chechenos u occitanos, son, a efectos legales, chinos, estadounidenses, rusos o franceses.

Nacionalismo y violencia

Por lo anterior, la pretensión de asentar la nación sobre un territorio, uniformizar culturalmente a los habitantes de ese territorio y regir sus destinos con instituciones con “sabor nacional” provocó, desde el primer momento, conflictos de toda índole con quienes, aún residiendo en el territorio del Estado, no se sentían identificados con la nación dominante.

Para constituir los actuales estados-nación fue necesario reprimir las expresiones propias de muchas culturas. En ocasiones, para justificar la ausencia de patrimonio histórico compartido, se habló de “jóvenes naciones con un destino común” aunque ello supusiera que en las mismas tierras donde las “jóvenes naciones” estaban constituyendo sus estados, existían naciones muy antiguas cuyas lenguas fueron proscritas, sus instituciones disueltas o sus miembros confinados. En otras ocasiones, la competencia entre distintos grupos nacionalistas llevó a enaltecer la nación propia en detrimento de las que competían por el mismo territorio, manipulando y reinterpretando la historia de modo tal que quedara acreditada que la nación propia era un hecho histórico indiscutible con lengua, cultura y héroes ancestrales, mientras que la ajena no era una nación sino una simple horda de provincianos brutos o de salvajes sin civilizar. Ello daba argumentos para las políticas de asimilación cultural y lingüística.

Como resultado de esta batalla entre naciones, las más débiles quedaron sin Estado y, en consecuencia, sus miembros son ciudadanos de estados que, en el mejor de los casos, ignoran sus singularidades y, en el peor, las combaten.
Para el humanismo, es violenta toda facción que aspire a que el gobierno de un territorio se haga con las instituciones, criterios, valores y costumbres propias de sólo una parte de sus habitantes.


Nacionalismos modernos

Es bien cierto que, frente a los fascismos e imperialismos del siglo XX, en los tiempos más recientes muchas corrientes nacionalistas suelen manifestar un mayor grado de tolerancia y respeto hacia la lengua, costumbres e historia de las otras naciones con las que comparten territorio; ahora bien, no es tolerancia lo que se requiere sino rechazo a la discriminación y a la imposición de una cultura o una lengua, asumiendo la diversidad como un valor y no como una lacra.

Pudiera parecer diferente el llamado nacionalismo banal, estos es, ese nacionalismo que, inconscientemente y a modo de creencia orteguiana, ha venido a instalarse como realidad indiscutible en el pensamiento de mucha gente. Ahora bien, ello no es cierto; en ese nacionalismo asumido como verdad absoluta, anida la discriminación del diferente y el afán de apropiación del todo social.

En ocasiones, los nuevos nacionalismos afirman estar dispuestos –en un aparente gesto de generosidad- a asumir como miembro de la nación a cualquier residente en el territorio que se atribuyen como propio, desconociendo que, en numerosas ocasiones, dicho territorio es ya considerado por esos residentes como parte de otra nación.

Los nacionalismos centrífugos

La violencia engendra violencia, y la violencia nacionalista engendra violencia nacionalista. El nacionalismo centrípeto de los estados-nación ha sido un caldo de cultivo idóneo para el desarrollo de los nacionalismos centrífugos en las naciones sin estado.

Ahora bien, cada vez que uno de esos nacionalismos centrífugos alcanza una brizna de poder se reproduce el esquema nacionalista. La obra de teatro representada es la misma, pero con nuevo reparto de papeles.

La aspiración humanista

La reivindicación de aquellos que perciben a sus instituciones políticas, estatales o subestatales, como indiferentes cuando no beligerantes con sus sentimientos nacionales debe ser comprendida y asumida por los humanistas como una reivindicación propia. Los humanistas no desean un mundo uniforme sino múltiple.

De igual modo que en muchos países la secularización del Estado ha permitido que las creencias religiosas no se erijan en barrera entre las personas y sus instituciones, la “desnacionalización” del Estado, permitiría que todo ser humano, fuera cual fuese su filiación nacional, pudiera sentir las instituciones de su país como propias. La razón de ser de las instituciones políticas está en el bienestar de las personas sobre las que influyen, con independencia de su cultura, lengua, costumbres e historia. Unas instituciones políticas cuyo objetivo fuera la exaltación de uno solo de los sentimientos nacionales, por más que se tratara del mayoritario entrarían de lleno en el campo del antihumanismo y, con mayor razón, cuando eso se hiciera en desmedro de las minorías.

Los humanistas alientan la descentralización política, esto es, el acercamiento de la toma de decisiones a aquellos a los que afectan. En ese sentido, aunque con distinto fundamento ideológico, los humanistas suelen converger con los nacionalismos centrífugos en la demanda de mayores cotas de autogobierno para ciertos territorios.
En todo caso, los humanistas insisten en profundizar en la descentralización hasta alcanzar el ámbito municipal. Los humanistas no prestan su apoyo a políticas de homogeneización cultural o lingüística, por más que la lengua o cultura que se pretenda potenciar haya sido objeto de represión en el pasado. La libertad de un ser humano actual no puede ser avasallada bajo el pretexto de devolver a una lengua o una cultura el esplendor arrebatado en acontecimientos históricos, por más sombríos e injustos que fueran éstos. Toda forma de discriminación, manifiesta o larvada, es motivo de denuncia para los humanistas.

Lo humanistas afirman que la apropiación del todo social por una parte, sea esta parte una clase social, los fieles de una confesión religiosa, los miembros de una nación o los habitantes de un territorio, es un acto de violencia. En ese sentido, no todas las decisiones pueden ser tomadas de modo descentralizado. Los humanistas respaldan la creación de estructuras políticas federales que corresponsabilicen a los habitantes de los distintos lugares en aquellas decisiones que deban ser adoptadas de modo compartido.

Los humanistas son internacionalistas. Abogan por la cooperación de las instituciones políticas, las naciones y los pueblos en organizaciones regionales y mundiales con atribuciones suficientes para garantizar la eficacia universal de los Derechos Humanos.

Los humanistas constatan como en el corazón de numerosas personas toma forma una aspiración: la nación humana universal. La mirada del ser humano común del siglo XXI no es la del ser humano común del siglo XVIII. Hoy día, no resulta extraño hablar de una identidad nacional común a toda la especie. Hoy ya se puede hablar de una nación humana universal. Una gran nación para todos los seres humanos de ayer, hoy y, sobre todo, mañana. Una nación donde sus mitos son esas mujeres y hombres que han hecho algo grande por la humanidad. Una nación con una historia común comprendida como fenómenos locales concomitantes operando en una misma dirección: la de la superación del dolor y el sufrimiento. Una nación con unos valores comunes: los Derechos Humanos. Una nación que no requiere de la confrontación con otras para afirmarse, sino que preserva la diversidad como el más valioso de los tesoros.

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Martes, Abril 29, 2008

Propuesta de democracia parlamentaria directa

En cuanto a la representatividad. Desde la época de la extensión del sufragio universal, se pensó que existía un solo acto entre la elección y la conclusión del mandato de los representantes del pueblo. Pero a medida que ha transcurrido el tiempo, se ha visto claramente que existe un primer acto mediante el cual muchos eligen a pocos y un segundo acto en el que estos pocos traicionan a los muchos, representando a intereses ajenos al mandato recibido. Ya ese mal se incuba en los partidos políticos reducidos a cúpulas separadas de las necesidades del pueblo. Ya, en la máquina partidaria, los grandes intereses financian candidatos y dictan las políticas que estos deberán seguir. Todo esto evidencia una profunda crisis en el concepto y la implementación de la representatividad.

Los humanistas luchan para transformar la práctica de la representatividad, dando la mayor importancia a la consulta popular, el plebiscito y la elección directa de los candidatos (…) En cuanto a la consulta directa sobre los temas de urgencia, cada día existen más posibilidades para su implementación tecnológica. No es el caso de priorizar los sondeos y las encuestas manipuladas, sino que se trata de facilitar la participación y el voto directo a través de medios electrónicos y computacionales avanzados.”

Documento del Movimiento Humanista – 1993


Resumen

Siendo numerosas las objeciones que se pueden formular a la democracia representativa, la mayor de ellas es la cesión, incondicionada y carente de control, que el pueblo hace de su voluntad, la cual queda, durante varios años, cautiva en manos de sus “representantes”.

Proponemos un nuevo modelo de toma de decisión en los parlamentos basado en el voto directo de los ciudadanos y no en el voto de los parlamentarios, los cuales podrían mantener el resto de sus funciones actuales.

En cada votación parlamentaria para aprobar una ley o una moción, todos los partidos políticos, incluso los extraparlamentarios, emitirían votos en representación concreta de cada uno de los ciudadanos que les hubieran apoyado en las últimas elecciones. Cada ciudadano, en las horas o días inmediatamente posteriores al pronunciamiento de los partidos podría decidir si ratifica o rectifica el voto que su partido, o representante, ha emitido en su nombre. La confirmación no demandaría acción alguna; la rectificación, en cambio, requeriría que el ciudadano emitiera su propio voto.

El sistema propuesto exige que cada vez que se celebren elecciones legislativas quede un registro fiable, seguro y secreto del partido o candidato de preferencia de cada ciudadano.

La actual madurez de las tecnologías de la información y las robustas infraestructuras de telecomunicaciones de muchos lugares permitirían la inmediata implantación del modelo propuesto en numerosos países, a costes razonables y sin desmedro de las garantías de privacidad del voto y de la fiabilidad de las votaciones.

Con el modelo descrito la capacidad de decidir permanece en todo momento en sus legítimos titulares, impidiendo de raíz la eventual traición de los representantes a los representados. Además, la decisión de votar directamente en una consulta no depende de que otros decidan si una materia es o no adecuada para ser plebiscitada. De este modo, los partidos políticos perderían la posibilidad de negociar usando la voluntad del pueblo como moneda de cambio y, por consiguiente, se vería notablemente mermado el poder de aquéllos que, ocultando su rostro, suelen maniobrar para que los partidos orienten su voto en el sentido de sus intereses.

Antecedentes

El secuestro de la voluntad popular

En los sistemas de democracia representativa, el pueblo es, supuestamente, titular de la soberanía. Sin embargo, dicha soberanía es delegada cada cuatro años en un conjunto de representantes que, en nombre de sus representados, toman decisiones, sin que exista certeza alguna de que la voluntad expresada por los parlamentarios en cada votación se corresponda con la voluntad real de los representados.

El depósito de la voluntad popular en los representantes tiene una duración predeterminada durante la cual los representados carecen de vías para retirar su apoyo a los parlamentarios, aún cuando el uso que estén haciendo éstos de su cargo sea contrario a las expectativas de los electores.

La democracia directa

La democracia directa, o ejercicio sin intermediarios del derecho de cada ciudadano a decidir, es considerada por casi todos los que se autodenominan demócratas como la formulación ideal de la democracia, siendo la representativa un remedo impuesto por la necesidad y la obstinada realidad.

Sólo la democracia directa, al garantizar que la capacidad de decidir permanece en todo momento en manos sus legítimos titulares, puede impedir de raíz la eventual traición de los representantes a los representados. Con ella, los partidos políticos perderían la posibilidad de negociar usando como moneda de cambio la voluntad del pueblo y, por consiguiente, se vería notablemente mermado el poder de aquéllos que, ocultando su rostro, suelen maniobrar para que los partidos orienten su voto en el sentido de sus intereses.

No faltan quiénes cuestionan la democracia directa dudando de la madurez de los ciudadanos para tomar sus propias decisiones. Prevén catástrofes derivadas de la debilidad intelectual del pueblo, que sería presa de demagogos, manipuladores o grupos de presión. Consideran a los parlamentarios como sabios que protegen al pueblo de las consecuencias de su consustancial idiocia. Quienes así piensan son los herederos políticos de aquellos supuestos izquierdistas que en 1931 se resistían en España a conceder el voto a las mujeres porque éstas no iban a saber lo que les convenía o, remontándonos más atrás, los “revolucionarios” que negaban el voto, primero a los pobres, y más tarde a los analfabetos.

Otros, aún reconociendo la mayor legitimación de la democracia directa, han cuestionado ésta basándose en la inviabilidad de su aplicación generalizada. Sin embargo, y en coherencia con su pensamiento, han promovido la inclusión de instituciones de democracia directa en los sistemas de democracia representativa y, como reconocimiento de su mayor valor como expresión de la voluntad popular, estas instituciones –como el referéndum- suelen emplearse para adoptar las decisiones de mayor trascendencia política. Dichas instituciones, no obstante, no son empleadas a voluntad del pueblo sino de la clase política, la cual decide qué materias y bajo qué condiciones pueden ser objeto de consulta directa.

Desconocen los que declaran la inviabilidad de la democracia directa que las nuevas tecnologías están permitiendo ya participar a millones de personas en tomas de decisiones, aunque éstas sean de escasa relevancia social.

Esto es, en los países más desarrollados, las nuevas tecnologías de información y comunicaciones han removido algunos de los condicionantes que impedían tanto un mayor desarrollo de la democracia directa como una mayor robustez democrática a las estructuras de representación política. Con ordenadores conectados a Internet, teléfonos móviles, cajeros automáticos de bancos, usando aplicaciones informáticas apropiadas, sin atentar contra la intimidad de las personas y con plenas garantías de veracidad, sería posible conocer en tiempo real el apoyo popular del que goza cada partido político y la opinión de la ciudadanía sobre cualquier tema.

Otros alegan que un abuso de las instituciones de democracia directa generarían cierto hastío en la población que, finalmente, eligen a los legisladores justamente para hacer ese trabajo sin que cada ciudadano tenga que ser un experto o deba molestarse en expresarse personalmente acerca de todas aquellas materias sobre la que hay que legislar. Habrá que buscar pues, si aspiramos a la democracia directa, una solución que permita que sólo aquellos ciudadanos que lo deseen y en aquellas ocasiones que lo deseen puedan ejercer su derecho a la democracia directa, dejando el modelo de democracia representativa para el resto de situaciones.

Objetivo y alcance de la propuesta

El objetivo de esta propuesta es permitir que las personas, cuando así lo deseen y sin que tenga que mediar convocatoria específica de los políticos, puedan participar directamente en la toma de decisiones que les afectan, superando alguno de los límites que la democracia representativa impone a la verdadera expresión de la voluntad popular.

El modelo propuesto es de aplicación a la elección y funcionamiento de las cámaras legislativas, si bien, mutatis mutandis podría aplicarse a cualquier órgano cuya función principal sea la producción normativa o fijación de posiciones políticas (congresos partidarios o sindicales, plenos municipales, etc.).

Propuesta de democracia parlamentaria directa en sistemas electorales basados en listas

Los representantes políticos mantendrían todas sus funciones actuales, salvo la de votar en aquellas sesiones en las que actualmente representan la voluntad popular. Es decir, seguirían disponiendo de iniciativa legislativa, participando en las comisiones legislativas y de investigación, fraguando acuerdos y superando desacuerdos, expresando en sede parlamentaria las posiciones de sus grupos políticos, controlando la actividad del gobierno, etc. Ahora bien, no votarían en plenos en los que se aprueben leyes, conclusiones de comisiones, investiduras o censuras, mociones, etc.

En elecciones, el voto de cada ciudadano a un partido no sólo serviría para decidir quiénes son los candidatos que deben obtener escaño a la cámara legislativa. Además constituiría una delegación de voto a favor del partido político seleccionado.

Con las debidas garantías de confidencialidad y fiabilidad, debería quedar consignado cuál ha sido el partido político apoyado por cada ciudadano. Lo anterior exige que el voto se emita y registre por medios electrónicos (urnas electrónicas, Internet, cajeros automáticos, dispositivos móviles, etc.).

Las votaciones parlamentarias tendrían lugar en dos fases.

  1. En la primera, un delegado de cada formación política (incluso de las que no hubieran alcanzado representación parlamentaria) emitiría tantos votos como personas hubieran apoyado a ese partido en las elecciones legislativas.

  2. En la segunda fase, que podría durar unas horas o unos días, aquellos ciudadanos que no estén de acuerdo con el voto emitido por su formación política podrían rectificar dicho voto. Estos votantes podrían usar para ello Internet, dispositivos móviles, cajeros automáticos, etc. El resultado final de la votación se obtendría una vez finalizado el plazo dado para la segunda fase.

El registro electrónico, en el que conste cuál fue el partido apoyado por cada ciudadano, es necesario para que aquellos ciudadanos que lo deseen puedan rectificar el voto emitido en su nombre por su partido.

Las tecnologías de información y de telecomunicaciones son las que permitirían tratar millones de votos en lapsos breves, garantizando el secreto del voto y proporcionando fiabilidad al sistema.

Propuesta de democracia parlamentaria directa en sistemas electorales no basados en listas

El sistema sería similar al anterior, con la única diferencia de que tanto los candidatos electos y los no electos sí podrían votar en plenos, si bien su voto en la cámara legislativa tendría un valor equivalente al número de votos populares recibidos o asignados.

De igual manera, la votación tendría lugar en dos fases y, los ciudadanos, si no estuvieran de acuerdo con el voto emitido por su representante podrían rectificar dicho voto.

Publicado por Javier Sampedro en 21:00:43 | Link permanente | Comments (29)

Domingo, Abril 27, 2008

Amenazada la revolución no-violenta de Bolivia

En 2006, el pueblo de Bolivia habló en las urnas y optó por una transformación profunda de las estructuras económicas y políticas del país. El cambio que se fraguaba en Bolivia fue simbolizado por la figura un cocalero indígena, Evo Morales, desempeñando la primera magistratura del país.

Esa decisión popular no fue del gusto de las oligarquías que tradicionalmente habían gobernado el país. Tampoco satisfizo a los Estados Unidos que ven inquietos estos alborotos revolucionarios en su “patio trasero”. El descontento alcanzó también a las multinacionales petroleras –Repsol YPF, entre otras- cuyas cuotas de participación en las ganancias derivadas de la explotación del gas boliviano se han reducido sensiblemente.

Desde el mismo día en que Evo Morales fue elegido, sus adversarios no han abandonado, ni por un momento, su empeño de derrocarle o, cuando menos, frustrar sus planes de democratización y distribución equitativa de la riqueza del país.

El último lance de esta indecente batalla toma la forma de una aparentemente espontánea pulsión autonomista en aquellos departamentos en los que, además de ubicarse los mayores yacimientos de gas y tener un mayor grado de desarrollo económico, el apoyo con que cuenta el Presidente Morales es inferior. Los enemigos de la revolución humanista y no-violenta impulsada por Evo, bajo la apariencia de nobles aspiraciones descentralizadoras, han convocado, al margen de todo procedimiento legal, un referéndum para sancionar un proyecto de Estatuto de Autonomía que, una vez pasada la declaración de lealtad a la República del preámbulo, toma aspecto de carta fundacional de un nuevo Estado. Como era de esperar, se atribuye al gobierno autonómico el “control y fiscalización” de la producción de hidrocarburos, cosa que, imaginamos, llenará de gozo a las multinacionales petroleras.

El referéndum está convocado, a pesar de la reprobación de la autoridad electoral, para el 4 de mayo. Es inédito que, en un país con un proyecto constitucional recién aprobado y sólo a falta de ser plebiscitado, una administración local, en una maniobra digna de un piloto de fórmula uno, se adelante y convoque su propio referéndum, pretendiendo apalancar para dicha administración local competencias que, de acuerdo a la Constitución del Estado, no pueden ser descentralizadas.

La democracia directa es el mejor instrumento para la adopción de decisiones colectivas, pero lo que en apariencia es una expresión democrática, no lo es, puesto que están siendo excluidos de la toma de decisión la mayoría de los afectados por ésta. No es democrático que unos pocos decidan sobre lo que es asunto de todos. Y, las reglas del juego de un país son asunto de todos sus habitantes. Y, los recursos naturales de un país son asunto de todos sus habitantes. Los cruceños por sí solos no pueden ni deben decidir sobre la estructura constitucional de Bolivia ni pueden atribuirse para sí competencias que son del conjunto de los bolivianos.

Los enemigos de la democracia y de la equidad social saben que con este ardid obstaculizan la aprobación de la nueva Constitución de Bolivia, que ya es reconocida como la más avanzada del mundo en materia de derechos humanos. E, incluso, con un poco de fortuna, podrían conseguir que sean sus mismos compinches los que controlen qué cantidad de gas extraen de los yacimientos bolivianos.

Los embajadores norteamericanos, los nuncios y los ejecutivos de las multinacionales siguen tratando de gobernar al mundo. Si antes buscaban sus peones entre los latinoamericanos que se formaban en la “Escuela de las Américas”, hoy los reclutan entre los alumnos aventajados de prestigiosas universidades privadas. Así son los golpes de estado del siglo XXI.

No es admisible seguir calificando de “asunto interno” un intento orquestado desde el exterior para violentar la voluntad de un pueblo. La comunidad internacional debe actuar. Y, el Gobierno de España debería asegurar, cuando menos, que los intereses de las multinacionales españolas en general, y de Repsol YPF en particular, no interfieren en la difícil situación que se está viviendo en Bolivia.

Publicado por Javier Sampedro en 21:38:51 | Link permanente | Comments (17)

Domingo, Abril 13, 2008

Matrimonio y católicos

Este artículo no lo escribí yo. Fue publicado en 2004 en Psicobyte (http://www.psicobyte.com/articulo/matrimonio_y_catolicos)

En línea con la actual relevancia social en torno a la modificación de la legislación española sobre los matrimonios, la postura de los católicos en ella, voy a exponer mi posición aquí, que para eso es mi blog:

Estoy completamente a favor del permitir el matrimonio entre católicos.

Me parece una injusticia y un error tratar de impedirselo.

El catolicismo no es una enfermedad. Los católicos, pese a que a muchos no les gusten o les parezcan extraños, son personas normales y deben poseer los mismos derechos que los demás, como si fueran, por ejemplo, informáticos u homosexuales.

Soy consciente de que muchos comportamientos y rasgos de caracter de las personas católicas, como su actitud casi enfermiza hacia el sexo, pueden parecernos extraños a los demás. Sé que incluso, a veces, podrían esgrimirse argumentos de salubridad pública, como su peligroso y deliberado rechazo a los preservativos. Sé también que muchas de sus costumbres, como la exhibición pública de imágenes de torturados, pueden incomodar a algunos.

Pero esto, además de ser más una imagen mediática que una realidad, no es razón para impedirles el ejercicio del matrimonio.

Algunos podrían argumentar que un matrimonio entre católicos no es un matrimonio real, porque para ellos es un ritual y un precepto religioso ante su dios, en lugar de una unión entre dos personas. También, dado que los hijos fuera del matrimonio están gravemente condenados por la iglesia, algunos podrían considerar que permitir que los católicos se casen incrementará el número de matrimonios por “el qué dirán” o por la simple búsqueda de sexo (prohibido por su religión fuera del matrimonio), incrementando con ello la violencia en el hogar y las familias desestrucuturadas. Pero hay que recordar que esto no es algo que ocurra sólo en las familas católicas y que, dado que no podemos meternos en la cabeza de los demás, no debemos juzgar sus motivaciones.

Por otro lado, el decir que eso no es matrimonio y que debería ser llamado de otra forma, no es más que una forma un tanto ruín de desviar el debate a cuestiones semánticas que no vienen al caso: Aunque sea entre católicos, un matrimonio es un matrimonio, y una familia es una familia.

Y con esta alusión a la familia paso a otro tema candente del que mi opinión, espero, no resulte demasiado radical: También estoy a favor de permitir que los católicos adopten hijos.

Algunos se escandalizarán ante una afirmación de este tipo. Es probable que alguno responda con exclamaciones del tipo de “¿Católicos adoptando hijos? ¡Esos niños podrían hacerse católicos!”.

Veo ese tipo de críticas y respondo: Si bién es cierto que los hijos de católicos tienen mucha mayor problabilidad de convertirse a su vez en católicos (al contrario que, por ejemplo, ocurre en la informática o la homosexualidad), ya he argumentado antes que los católicos son personas como los demás.

Pese a las opiniones de algunos y a los indicios, no hay pruebas evidentes de que unos padres católicos estén peor preparados para educar a un hijo, ni de que el ambiente religiosamente sesgado de un hogar católico sea una influencia negativa para el niño. Además, los tribunales de adopción juzgan cada caso individualmente, y es precisamente su labor determinar la idoneidad de los padres.

En definitiva, y pese a las opiniones de algunos sectores, creo que debería permitirseles también a los católicos tanto el matrimonio como la adopción.

Exactamente igual que a los informáticos y a los homosexuales.

Publicado por Javier Sampedro en 23:47:05 | Link permanente | Comments (11)