16/08/2006

Despedida de Agustín Bravo

Navacerrada (Madrid), 15 de agosto de 2006.

El domingo, sobre las 9 de la noche, junto al monolito del Parque Toledo, varios amigos nos reunimos para recordar conjuntamente a Agustín y dispersar parte de sus cenizas en ese lugar, tan especialmente querido para él, para lo suyos y para muchos siloístas.

Al llegar saludamos a Maribel y a Rocío. Pilar y yo tuvimos la impresión, que compartimos luego en el viaje de retorno, de que ambas se encontraban bastante bien, teniendo en cuenta la importante pérdida que han experimentado.

 

Eduardo Gozalo y Antonio Rey oficiaron una ceremonia de bienestar. Efectuaron ligeras adaptaciones al texto original para adecuarlo al hecho que nos había reunido. Incluyeron varias menciones a Agustín.

 

Finalizada la ceremonia alguien pidió un aplauso para nuestro amigo Agus, que los reunidos secundamos. Posteriormente, Soledad Zurita propuso que escucháramos una composición musical preparada al efecto por un amigo. Se invitó a los presentes a hablar y sólo Maribel Pinel se acercó al monolito, mientras sonaba la música (excelente, por cierto) y pronunció ante todos unas palabras dirigidas a nuestro querido Agus.

 

Recordó Maribel que conoció a Agustín en la población madrileña donde ella y otros amigos habían abierto poco tiempo atrás un local del Movimiento. Evocó los primeros acercamientos de Agustín en el Movimiento, con su excelente disposición a colaborar en nuestras actividades sociales y las dificultades con que se encontraba Maribel para conseguir que “se sentara y cerrara las ojos”. Le agradeció lo recibido de él en los largos veinte años transcurridos desde que se conocieron y, muy especialmente, el regalo que le dejó en la forma de la hija de ambos, Rocío, que comparte con Agustín numerosos rasgos de su carácter. Probablemente fueron los minutos más emotivos de todo el acto, pues sus palabras nos ayudaron a evocar de modo muy sentido el recuerdo de nuestro amigo.

 

Los ojos de los (y, sobre todo, las) de lágrima más floja se humedecieron (en algunos casos, se desbordaron). Se dejaron ver, sobre todo, muchas sonrisas suaves, de quiénes agradecían haberle conocido y, aunque no compartieran hijos con él, hacían memoria de los muchos presentes recibidos.

 

Maribel, con un gesto simpático, aprovechó la ocasión para recordarle a Agus que se marchó dejando el armario de los libros cerrado y reclamarle que revelara dónde había escondido la llave. La petición despertó la hilaridad de todos. Falta por ver si Agustín recibió el mensaje y, en su caso, si le hizo la misma gracia la broma, si tiene todavía alguna clase de interés en estos asuntos terrenales y si dispone de algún medio para atender la petición.

 

Esta petición fue suficiente para poner distancia con el dramatismo y dejar que, aunque las emociones nos invadieran, nos recreáramos más en la fortuna de haber compartido tiempo y espacio con Agustín que en la tristeza por su marcha hacia regiones ignotas.

 

Tras las palabras de Maribel, se produjo un momento de desconcierto por no saber muy bien qué hacer exactamente con sus cenizas. La inexperiencia de todos en estos asuntos era más que evidente : resultaba poco ceremonioso vaciar la vasija directamente al suelo; parecía impropio arrojarlas al aire y que cayeran sobre los presentes que nos manteníamos en semicírculo alrededor del monolito…No sé muy bien cómo empezó la cosa, pero algunos empezaron a acercarse y tomar un puñado de cenizas que arrojaban a continuación donde les parecía más adecuado: alrededor del monolito, al aire, sobre sus espaldas, junto al único árbol que había en todo el terreno, etc. Tras eso, seguían quedando cenizas en el recipiente, por lo que los que lo sujetaban optaron por acercarse a los más tímidos y ofrecerles que tomaran cenizas de allá.

 

Dispersas las cenizas, se fueron formando corrillos donde las conversaciones variaban. Se hablaba del acto, de Agustín, de eventos próximos, de los avances del proyecto de Alejandría, de lo acaecido en el largo tiempo en que no se habían visto algunos de los presentes  o de lo mayores que estaban los niños…

 

Y así, nos fuimos marchando, con el vívido recuerdo de ese Agustín al que su locuacidad, sus malas pulgas y sus sonoras y francas carcajadas le han hecho inolvidable para los que apenas le conocieron; y con el aún más vívido recuerdo de ese Agustín al que su confiabilidad, su generosidad y su entrega le han hecho ya inmortal para aquellos a los que el Destino nos premió permitiéndonos compartir momentos relevantes de su vida.

 

Posted by Javier Sampedro at 19:22:38 | Permanent Link | Comments (0) |