Víctimas y víctimas
La transición de 1977 fue posible porque la mayor parte de las víctimas del golpe de 1936 y de la larga y cruel dictadura del General Franco, en un acto de impresionante generosidad renunciaron al resarcimiento que legítimamente les correspondía. El ímpetu de lucha que surgía de su dolor lo orientaron, no hacia la venganza sino hacia la construcción de un futuro mejor para todos nosotros.
Ahora, treinta años después, los próceres del PP niegan una mera reparación moral a aquellos hombres y mujeres valientes y magnánimos y, en cambio, claman contra una supuesta vulneración de derechos de las víctimas de ETA que, en modo alguno son capaces de explicar porque, simplemente, tal vulneración de derechos no existe.
A las víctimas de ETA nunca les ha faltado el reconocimiento y solidaridad de la sociedad y de las instituciones públicas. Todos los gobiernos de la democracia, como el respaldo de la mayoría de la sociedad, les han prestado amplio apoyo incluidas generosas pensiones. El respeto, consideración y solidaridad mostrados por el Estado y la sociedad civil hacia las víctimas de ETA no tiene comparación alguna con el mostrado por otros colectivos de víctimas.
Además, y cómo no podía ser menos, el Estado ha puesto todos los medios a su alcance para perseguir a los autores de los crímenes y, cuando ha habido éxito en la captura de los culpables, éstos han sido condenados y han cumplido sus condenas de acuerdo a los criterios más severos previstos por las leyes, yendo alguna vez, incluso, más allá de lo que prestigiosas organizaciones no gubernamentales de Derechos Humanos consideran admisible.
Nada parecido ha ocurrido con los partícipes en los crímenes de la dictadura. Ni un solo político, policía, militar o funcionario de prisiones franquista, de bajo o alto rango, fue perseguido, juzgado o condenado por su colaboración con los miles de crímenes cometidos en la época. No sólo eso, sino que muchos de ellos continuaron y progresaron en sus carreras políticas o profesionales en el nuevo régimen, a pesar, incluso, de que los hechos de los que fueron autores o cómplices necesarios merecerían calificaciones jurídicas y morales similares a las acciones más reprobables de ETA.
Gracias a aquellos héroes anónimos, cuya condición de víctimas nació en la mayoría de los casos por una decisión consciente de enfrentar al régimen criminal, hoy vivimos en uno de los países de
la Tierra más avanzados en materia de libertades y derechos civiles. En ese empleo tan provechoso de la fuerza nacida de su sufrimiento estuvo la clave de nuestra actual convivencia. Haber reivindicado juicios y condenas para Fraga, Suárez, Fernández Miranda, Cabanillas, Areilza, Borbón, etc. o para la cúpula militar y policial franquista habría obstaculizado el desmantelamiento del régimen de tal modo que España se habría teñido de sangre una vez más.
Es más, muchos de esos personajes, a los que entonces era difícil ver más que como simples cooperadores de una cruel dictadura, se transformaron en agentes activos de la transición política y con su proceder, no sólo redimieron su actuación pasada, sino que llegaron a convertirse en ciudadanos respetados.
Muchas víctimas del conflicto vasco, y muy especialmente las más próximas a aquéllas que también lo fueron del franquismo ya han emprendido el sabio camino que marcaron las víctimas de la dictadura y apuestan decididamente por la búsqueda de soluciones no violentas al conflicto vasco.
Otras, por el contrario, lideradas por el neofascista Alcaraz, agrupadas en la AVT, y jaleadas por el Partido Popular vociferan reclamando una venganza a la que equívocamente denominan justicia, inconscientes de que la semilla del odio que portaban sus victimarios ha arraigado ya también en sus corazones e ignorantes de que sus sentimientos se tornan, día a día, igual de oscuros y siniestros que los de aquéllos que tanto sufrimiento les causaron.
Si las víctimas del franquismo, cuyo número es cientos de veces mayor que el de víctimas de ETA, hubieran mostrado tan sólo una centésima parte de la intolerancia que muestra la mal llamada Asociación de Víctimas del Terrorismo, la guerra civil, tras la muerte de Franco habría sido inevitable. Hoy día, constatamos que su comportamiento en la transición no fue sólo una muestra más de la generosidad que ya habían mostrado arriesgando sus vidas o su libertad en la lucha contra el tirano, sino un acto de suprema inteligencia que acredita la visión histórica de aquellos valientes.
Tengo la inmensa fortuna de de no haber sido víctima pero si tal desventura recayera sobre mí, ojalá mis seres queridos, o yo mismo, si fuera el caso, mantenga la cordura suficiente para seguir el ejemplo de las víctimas del franquismo o de aquellas víctimas de ETA que han hecho de su dolor un incentivo para buscar la paz y no un aliciente para la venganza.