Wednesday, March 21, 2007

Crónica de una manifestación no autorizada

Madrid, 17 de marzo de 2007, 20 horas, manifestación de condena a la guerra en Irak. Un individuo portando una pequeña bandera naranja, sujeta en el extremo de un largo mástil y que precede a un grupo de manifestantes caracterizados por la abundancia de banderas, pancartas y sombreros del mismo color, se escora hacia la derecha y abandona la manifestación casi al final del Paseo del Prado. Como un resorte, el grupo anaranjado, de modo más bien desordenado le sigue hasta ubicarse en el final de la calle Atocha, dónde ésta desemboca en la plaza homónima.

El abanderado se retira hacia un lado, y un grupo, integrado mayoritariamente por mujeres jóvenes se despliega de un lado a otro de la calzada portando una pancarta del Partido Humanista. Tras ellas se van ubicando el resto de los manifestantes que han abandonado el grueso de la manifestación principal y, como un río que desafía la fuerza de la gravedad, empiezan el ascenso por la calle Atocha.

A los pocos metros esperan varias furgonetas policiales y algunos jóvenes policías armados con material antidisturbios y algo nerviosos. El que pareciera ser el jefe de los uniformados se acerca al más añoso de los portadores  de la pancarta, ubicado en el extremo izquierdo y le interroga. - “¿Hacia dónde se dirigen?” –pregunta el policía

- “A la Plaza Mayor, a concentrarnos allá a favor del desarme nuclear total”.

El jefe policial se comunica por radio con sus superiores y vuelve a preguntar:

- “¿Son Vds. los de Guantánamo?”
- “No señor, nosotros somos de aquí… bueno, la mayoría somos de aquí”
- “¿Tienen Vds. permiso?”
- “Sí, por supuesto”.
- “Esperen… desplieguen bien la pancarta, que podamos leerla”

El policía vuelve a emplear la radio y, de pronto, empieza a escucharse en todos los radios trasmisores de los policías que van rodeando a los manifestantes:

- “Dice ‘No a la Guerra, Por una Europa Unida, Partido Humanista’ y el responsable de la manifestación declara no ser de los de Guantánamo y disponer de permiso para concentrarse en la Plaza Mayor.”

Le responden algo que los manifestantes no alcanzan a escuchar y señala amablemente:

- “Pueden Vds. continuar”

Desde luego nadie le explicó el detalle de que los humanistas disponían de permiso para concentrarse en la Plaza Mayor pero no para manifestarse desde la Glorieta de Atocha hasta su destino y, mucho menos, interrumpiendo el tráfico rodado. Tampoco pareció importarle mucho al policía semejante detalle.

Así, la manifestación, autorizada sobre la marcha por las fuerzas de orden público avanzó camino a su destino. La cabecera se desplazaba con inusitada rapidez porque, al parecer, los medios de comunicación estaban convocados y  parecía descortés que el grueso de los concentrados llegara después de los fotógrafos. A la altura del metro de Antón Martín, dos furgonetas policiales cortan el paso. Otros diez policías antidisturbios, portando sus cascos en la mano izquierda y la porra en la derecha. Algún humanista se acogotó (cosa rara entre los humanistas, pero cada uno es libre de tener sus miedos –o su prudencia-) y preguntó:- “¿Y si nos vamos por la acera y en silencio?” 

Pero no parecía que ése fuera el ánimo de la mayoría de los manifestantes humanistas. La tensión entre los integrantes de la cabecera de la manifestación y los agentes policiales apenas duró unos instantes. El mando policial apareció de nuevo desde atrás, se acercó sigilosamente al manifestante que él mismo había decidido erigir en interlocutor y le apuntó, con extrema cortesía:

-“mire… ¿les importaría a Vds. ir un poco más despacio? Así nosotros no tenemos que correr tanto y Vds. van más agrupaditos y les sale una manifestación más lucida.”

Los humanistas que escuchaban al policía no daban crédito a sus oídos, pero vista la amabilidad con la que había sido formulada la petición, la natural solidaridad de los humanistas con el resto de los seres humanos (incluidos los agentes del orden) afloró y todos redujeron el paso, para que los sufridos funcionarios no se quedaran exhaustos. Además la indudable experiencia que las fuerzas de orden público tienen en materia de estética manifestacional contribuyó a que la sugerencia fuera atendida.

Sólo un humanista díscolo, segundo por la izquierda de la pancarta y más o menos de la misma edad que el jefe policial parecía ignorar las directrices de éste, y cada rato, como si de un danzante zulú en Soweto se tratara y entre cánticos de “No violencia activa, alternativa”, comenzaba a correr, provocando el agotamiento del resto de pancartistas, la mayoría más jóvenes que él y la desesperación del policía al mando que veía como la manifestación perdía en belleza por la dispersión de los manifestantes, mientras los hombres a sus órdenes sudaban la gota gorda.

Finalmente el grupo alcanzó su destino: la Plaza Mayor de Madrid. Entre nuevos cánticos y danzas, el grupo hizo, al sprint, su triunfal entrada en el recinto, dejando atónitos a los nativos y foráneos que habían aprovechado la agradable tarde de fin de invierno para pasear por la emblemática plaza.

Cientos de personas, entre los recién llegados y los humanistas que esperaban ya en la plaza formaron un círculo humano, en el que la mayoría de sus integrantes portaban linternas. Reivindicaban el desarme nuclear total. De los detalles de lo acaecido en la Plaza Mayor dan fe las fotografías y las grabaciones de vídeo.

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Tuesday, March 6, 2007

Que se los queden

Algún representante gubernamental y otros del PSOE reprendían hace unos días al Partido Popular por apropiarse de los símbolos patrios. Les disgustaba que las banderas rojigualdas distinguieran las manifestaciones organizadas por el PP y sus adláteres y que, para colmo, cerraran sus actos a los sones de la Marcha Real.

Entiendo que el Gobierno tiene la responsabilidad de oponerse a todo intento de apropiación por una parte de aquello que es de la colectividad. Sin embargo, en este caso, y por lo que a mí respecta, pueden ahorrarse las molestias.

En absoluto me siento representado por esa bandera o por ese himno. Su aceptación fue parte del precio a pagar para poder desmantelar la dictadura franquista pero no es fácil olvidar que constituyen el símbolo de unos militares rebeldes que traicionaron a su pueblo derrocando a un gobierno democráticamente elegido. A mí, personalmente, el único recuerdo que me evocan la bandera y el himno son las coacciones y la privación de libertad que bajo el nombre de “servicio militar” experimenté hace ya unos años.

No imagino mayor felicidad para mayor número de españoles a la vez, que la supresión de estos símbolos del Estado y su puesta a disposición, sin restricciones, como si de software libre se tratara, para todos aquellos partidos, asociaciones, colectivos, etc. a cuyos militantes se les eriza el vello a los sones de la marcha real mientras contemplan ondear la bandera roja y amarilla.

A los que nos produce mal rollo, nos veríamos liberados de la pesada obligación de contemplar la bandera hasta en la sopa y de que nos den la brasa con el “chunda, chunda”.
 

A los que les guste, en cambio, podrán usar ambos símbolos con total libertad y hasta “tunearlos”. Podrán ponerle la letra que les parezca bien al himno, incluida aquella de “Franco, Franco, que tiene el culo  blanco…”. Del mismo modo podrán incluir en la bandera cuantas representaciones de aves salvajes o de corral les parezcan adecuadas, sin que por ello nadie les afee su conducta ni les tache de “preconstitucionales”.

En cuanto a la preocupación que alguien pueda sentir por las consecuencias de vivir en un Estado carente de símbolos patrios,  doy fe de que, de facto, dicha carencia es una realidad para muchos ciudadanos españoles desde hace largo tiempo y no parece que nuestra conciencia cívica (ni nuestra salud) se haya resentido por ello. Por otra parte, los problemas de protocolo en actos oficiales, eventos deportivos, representación en organismos internacionales, etc. podrían resolverse sustituyendo la bandera por un cartel que llevara escrito el texto “España” y, el tiempo concedido para la interpretación del himno, podría aprovecharse para incluir alguna selección de éxitos de los cuarenta principales. 

El único colectivo perjudicado por medidas como las propuestas, sería el de los aficionados al “bandering”, ese deporte consistente en la sustitución de banderas de los balcones municipales y la posterior quema de la bandera sustituida. Su capacidad de elección de la bandera a quemar quedaría sensiblemente reducida, pero estoy seguro de que sabrán encontrar otras actividades lúdicas en las que recrearse.

 

¡Viva Ej……….paña!

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Saturday, March 3, 2007

Víctimas y víctimas

La transición de 1977 fue posible porque la mayor parte de las víctimas del golpe de 1936 y de la larga y cruel dictadura del General Franco, en un acto de impresionante generosidad renunciaron al resarcimiento que legítimamente les correspondía. El ímpetu de lucha que surgía de su dolor lo orientaron, no hacia la venganza sino hacia la construcción de un futuro mejor para todos nosotros.

 

Ahora, treinta años después, los próceres del PP niegan una mera reparación moral a aquellos hombres y mujeres valientes y magnánimos y, en cambio, claman contra una supuesta vulneración de derechos de  las víctimas de ETA que, en modo alguno son capaces de explicar porque, simplemente, tal vulneración de derechos no existe.

 

A las víctimas de ETA nunca les ha faltado el reconocimiento y solidaridad de la sociedad y de las instituciones públicas. Todos los gobiernos de la democracia, como el respaldo de la mayoría de la sociedad, les han prestado amplio apoyo incluidas generosas pensiones. El respeto, consideración y solidaridad mostrados por el Estado y la sociedad civil hacia las víctimas de ETA no tiene comparación alguna con el mostrado por otros colectivos de víctimas.

 

Además, y cómo no podía ser menos, el Estado ha puesto todos los medios a su alcance para perseguir a los autores de los crímenes  y, cuando ha habido éxito en la captura de los culpables, éstos han sido condenados y han cumplido sus condenas de acuerdo a los criterios más severos previstos por las leyes, yendo alguna vez, incluso, más allá de lo que prestigiosas organizaciones no gubernamentales de Derechos Humanos consideran admisible.

 

Nada parecido ha ocurrido con los partícipes en los crímenes de la dictadura. Ni un solo político, policía, militar o funcionario de prisiones franquista, de bajo o alto rango, fue perseguido, juzgado o condenado por su colaboración con los miles de crímenes cometidos en la época. No sólo eso, sino que muchos de ellos continuaron y progresaron en sus carreras políticas o profesionales en el nuevo régimen, a  pesar, incluso, de que los hechos de los que fueron autores o cómplices necesarios merecerían calificaciones jurídicas y morales similares a las acciones más reprobables de ETA. 

 

Gracias a aquellos héroes anónimos, cuya condición de víctimas nació en la mayoría de los casos por una decisión consciente de enfrentar al régimen criminal, hoy vivimos en uno de los países de
la Tierra más avanzados en materia de libertades y derechos civiles. En ese empleo tan provechoso de la fuerza nacida de su sufrimiento estuvo la clave de nuestra actual convivencia. Haber reivindicado juicios y condenas para Fraga, Suárez, Fernández Miranda, Cabanillas, Areilza, Borbón, etc. o para la cúpula militar y policial franquista habría obstaculizado el desmantelamiento del régimen de tal modo que España se habría teñido de sangre una vez más.

 

Es más, muchos de esos personajes, a los que entonces era difícil ver más que como  simples cooperadores de una cruel dictadura, se transformaron en agentes activos de la transición política y con su proceder, no sólo redimieron su actuación pasada, sino que llegaron a convertirse en ciudadanos respetados.

 

Muchas víctimas del conflicto vasco, y muy especialmente las más próximas a aquéllas que también lo fueron del franquismo ya han emprendido el sabio camino que marcaron las víctimas de la dictadura y apuestan decididamente por la búsqueda de soluciones no violentas al conflicto vasco.

 

Otras, por el contrario, lideradas por el neofascista Alcaraz, agrupadas en la AVT, y jaleadas por el Partido Popular vociferan reclamando una venganza a la que equívocamente denominan justicia, inconscientes de que la semilla del odio que portaban sus victimarios ha arraigado ya también en sus corazones e ignorantes de que sus sentimientos se tornan, día a día, igual de oscuros y siniestros que los de aquéllos que tanto sufrimiento les causaron.

 

Si las víctimas del franquismo, cuyo número es cientos de veces mayor que el de víctimas de ETA, hubieran mostrado tan sólo una centésima parte de la intolerancia que muestra la mal llamada Asociación de Víctimas del Terrorismo, la guerra civil, tras la muerte de Franco habría sido inevitable. Hoy día, constatamos que su comportamiento en la transición no fue sólo una muestra más de la generosidad que ya habían mostrado arriesgando sus vidas o su libertad en la lucha contra el tirano, sino un acto de suprema  inteligencia que acredita la visión histórica de aquellos valientes.

 

Tengo la inmensa fortuna de de no haber sido víctima  pero si tal desventura recayera sobre mí, ojalá mis seres queridos, o yo mismo, si fuera el caso, mantenga la cordura suficiente para seguir el ejemplo de las víctimas del franquismo o de aquellas víctimas de ETA que han hecho de su dolor un incentivo para buscar la paz  y no un aliciente para la venganza.

Posted by Javier Sampedro at 22:46:45 | Permalink | No Comments »