Crónica de una manifestación no autorizada
Madrid, 17 de marzo de 2007, 20 horas, manifestación de condena a la guerra en Irak. Un individuo portando una pequeña bandera naranja, sujeta en el extremo de un largo mástil y que precede a un grupo de manifestantes caracterizados por la abundancia de banderas, pancartas y sombreros del mismo color, se escora hacia la derecha y abandona la manifestación casi al final del Paseo del Prado. Como un resorte, el grupo anaranjado, de modo más bien desordenado le sigue hasta ubicarse en el final de la calle Atocha, dónde ésta desemboca en la plaza homónima.
El abanderado se retira hacia un lado, y un grupo, integrado mayoritariamente por mujeres jóvenes se despliega de un lado a otro de la calzada portando una pancarta del Partido Humanista. Tras ellas se van ubicando el resto de los manifestantes que han abandonado el grueso de la manifestación principal y, como un río que desafía la fuerza de la gravedad, empiezan el ascenso por la calle Atocha.
A los pocos metros esperan varias furgonetas policiales y algunos jóvenes policías armados con material antidisturbios y algo nerviosos. El que pareciera ser el jefe de los uniformados se acerca al más añoso de los portadores de la pancarta, ubicado en el extremo izquierdo y le interroga. - “¿Hacia dónde se dirigen?” –pregunta el policía
- “A la Plaza Mayor, a concentrarnos allá a favor del desarme nuclear total”.
El jefe policial se comunica por radio con sus superiores y vuelve a preguntar:
- “¿Son Vds. los de Guantánamo?”
- “No señor, nosotros somos de aquí… bueno, la mayoría somos de aquí”
- “¿Tienen Vds. permiso?”
- “Sí, por supuesto”.
- “Esperen… desplieguen bien la pancarta, que podamos leerla”
El policía vuelve a emplear la radio y, de pronto, empieza a escucharse en todos los radios trasmisores de los policías que van rodeando a los manifestantes:
- “Dice ‘No a la Guerra, Por una Europa Unida, Partido Humanista’ y el responsable de la manifestación declara no ser de los de Guantánamo y disponer de permiso para concentrarse en la Plaza Mayor.”
Le responden algo que los manifestantes no alcanzan a escuchar y señala amablemente:
- “Pueden Vds. continuar”
Desde luego nadie le explicó el detalle de que los humanistas disponían de permiso para concentrarse en la Plaza Mayor pero no para manifestarse desde la Glorieta de Atocha hasta su destino y, mucho menos, interrumpiendo el tráfico rodado. Tampoco pareció importarle mucho al policía semejante detalle.
Así, la manifestación, autorizada sobre la marcha por las fuerzas de orden público avanzó camino a su destino. La cabecera se desplazaba con inusitada rapidez porque, al parecer, los medios de comunicación estaban convocados y parecía descortés que el grueso de los concentrados llegara después de los fotógrafos. A la altura del metro de Antón Martín, dos furgonetas policiales cortan el paso. Otros diez policías antidisturbios, portando sus cascos en la mano izquierda y la porra en la derecha. Algún humanista se acogotó (cosa rara entre los humanistas, pero cada uno es libre de tener sus miedos –o su prudencia-) y preguntó:- “¿Y si nos vamos por la acera y en silencio?”
Pero no parecía que ése fuera el ánimo de la mayoría de los manifestantes humanistas. La tensión entre los integrantes de la cabecera de la manifestación y los agentes policiales apenas duró unos instantes. El mando policial apareció de nuevo desde atrás, se acercó sigilosamente al manifestante que él mismo había decidido erigir en interlocutor y le apuntó, con extrema cortesía:
-“mire… ¿les importaría a Vds. ir un poco más despacio? Así nosotros no tenemos que correr tanto y Vds. van más agrupaditos y les sale una manifestación más lucida.”
Los humanistas que escuchaban al policía no daban crédito a sus oídos, pero vista la amabilidad con la que había sido formulada la petición, la natural solidaridad de los humanistas con el resto de los seres humanos (incluidos los agentes del orden) afloró y todos redujeron el paso, para que los sufridos funcionarios no se quedaran exhaustos. Además la indudable experiencia que las fuerzas de orden público tienen en materia de estética manifestacional contribuyó a que la sugerencia fuera atendida.
Sólo un humanista díscolo, segundo por la izquierda de la pancarta y más o menos de la misma edad que el jefe policial parecía ignorar las directrices de éste, y cada rato, como si de un danzante zulú en Soweto se tratara y entre cánticos de “No violencia activa, alternativa”, comenzaba a correr, provocando el agotamiento del resto de pancartistas, la mayoría más jóvenes que él y la desesperación del policía al mando que veía como la manifestación perdía en belleza por la dispersión de los manifestantes, mientras los hombres a sus órdenes sudaban la gota gorda.
Finalmente el grupo alcanzó su destino: la Plaza Mayor de Madrid. Entre nuevos cánticos y danzas, el grupo hizo, al sprint, su triunfal entrada en el recinto, dejando atónitos a los nativos y foráneos que habían aprovechado la agradable tarde de fin de invierno para pasear por la emblemática plaza.
Cientos de personas, entre los recién llegados y los humanistas que esperaban ya en la plaza formaron un círculo humano, en el que la mayoría de sus integrantes portaban linternas. Reivindicaban el desarme nuclear total. De los detalles de lo acaecido en la Plaza Mayor dan fe las fotografías y las grabaciones de vídeo.