09/06/2007

La cobardía de Zapatero y el fin de la tregua

El comunicado de ETA declarando el fin de la tregua certifica la pérdida de otra oportunidad para la paz. Y esta vez, ni ETA ni el PP han defraudado. Ambas organizaciones han hecho exactamente lo que, revisando sus respectivas historias, era más probable.

El Partido Popular y ETA comparten su devoción por la violencia como modo de resolver los conflictos. La apuesta de ETA es por una violencia que tiñe los suelos de sangre y los corazones de terror y que las leyes reprueban. La apuesta del PP es por el uso de la violencia legal; es decir, la que en régimen de monopolio, las leyes atribuyen al Estado. Para la derecha, el camino está en encarcelar no sólo a los asesinos, sino también a los que dicen lo que no gusta escuchar, en incrementar el castigo de los presos alejándolos de sus familias y en suprimir el derecho a elegir o ser elegidos para cargos públicos a todo aquel sospechosos de simpatizar con los fines de ETA.

En esa lógica, no es muy sorprendente que ciertos sectores etarras, decepcionados por que el alto el fuego no produjera una respuesta visible, decidieran presionar con una bomba y, visto que la bomba de Barajas y sus dos muertos tampoco ha provocado avances tangibles, ahora concluyan que lo que hay que hacer es poner más bombas y, además, lo anuncien con un comunicado público. La lógica de la derecha es similar: su punto de vista es que el PSOE no ha aplicado con la energía debida el palo largo y la mano dura y, que si es necesario, alarguemos el palo y endurezcamos la mano.

Si la pretensión es de eterna venganza y reparación de afrentas históricas, el camino que marcan estos dos actores, la derecha y ETA, es el adecuado. Seguiremos acumulando muertos, presos, desplazados interiores y exteriores, miedo, dolor y sufrimiento.

Por el contrario, si se busca la paz, sólo hay un camino : el de la reconciliación y la no violencia. Este camino requiere grandes esfuerzos; hay que tratar, aunque sólo sea por un instante, de mirar la realidad desde los ojos de quien no comparte nuestras ideas o creencias; hay que intentar entender las aspiraciones, los temores y los sentimientos de los otros y hay, en definitiva, que armarse de grandes dosis de paciencia porque muchas veces se siente que los esfuerzos no son correspondidos. Pero, con todas esas dificultades, es la única alternativa válida.

Algunos confiábamos que Zapatero, tras haber adoptado decisiones que demostraban un arrojo político superior al de otros correligionarios suyos, reconduciría los despropósitos acumulados por sus antecesores en relación con la política antiterrorista. Esperábamos que haría desaparecer del Código Penal los delitos de opinión creados a medida para encarcelar al que compartiera objetivos con ETA (aunque no compartiera su actividad criminal), que reformaría la Ley de Partidos o, cuando menos, que emplearía la discrecionalidad que le otorga dicha ley para que ningún vasco se quedara sin votar a su opción política preferida y que acercaría los presos vascos a su entorno, eliminando la arbitrariedad jurídica que supone añadir a la pena de privación de libertad, un destierro no previsto en el Código Penal.

Todas estas medidas son de justicia y podían y debían adoptarse en esta legislatura con independencia de cuál fuera la actitud de ETA. Se trataba, simplemente, de volver a poner las leyes española en concordancia con la Declaración Universal de los Derechos Humanos y de devolver a éstas el sentido común, la inclinación por la tolerancia y la repugnancia por la represión que mejor representan el espíritu democrático de los españoles.

El alto el fuego de ETA, en marzo del año pasado, convirtió en urgentísimo lo que ya estaba identificado como necesario.

Sin embargo, Zapatero se arrugó frente a unos y frente a otros. En tres años, se ha convertido en una caricatura de lo que fue o lo que pudo ser. El presidente ha carecido de valentía política de tomar las decisiones que había que tomar. No ha sabido aguantar la presión a la que le ha sometido el Partido Popular, ha estado más preocupado del "qué dirán" (es decir, del coste en votos de cada paso) que de la responsabilidad histórica que tenía. Le ha quedado grande el traje. Ha hecho poco y a medias, dejando insatisfechas a todas las sensibilidades y transmitiendo a la opinión pública la idea de que los derechos humanos podían ser objeto de negociación.

Ha postergado por todos los medios el procesamiento de líderes de Batasuna en vez acometer la supresión del Código Penal de los absurdos delitos que se les imputan. Ha promovido arbitrariamente la ilegalización de unas listas electorales mientras que ha permitido que otras se pudieran presentar y ha mantenido el ilegítimo alejamiento de los presos. Con este "quedarse a medias", el Gobierno ha transmitido la imagen de que estaba haciendo concesiones a los terroristas, lo cual constituía justamente la tesis del Partido Popular.

Zapatero no ha sido capaz de comprometerse con la libertad de expresión, el derecho a elegir y ser elegido y el derecho de todo convicto a no ser condenado a más penas que las previstas en las leyes. No sabemos cuál habría sido la reacción de ETA en otro escenario. Lo que sí sabemos, en cambio, es que hoy tendríamos una presidencia del gobierno más fuerte, confiable y comprometida contra la violencia. En vez de ello, tenemos un presidente acogotado, lastimoso y suplicante, acosado por el trío más siniestro de la historia política de España : Rajoy, Acebes y Zaplana que trata por todos los medios de darle el abrazo del oso. Y todo ello, por preferir conservar media docena de votos "centristas" antes que la defensa de los derechos humanos.

No podemos afirmar que la cobardía e inmadurez de Zapatero sea la única o la principal razón del fracaso del proceso de paz, pero, si no rectifica pronto, será causa suficiente para que pase a la historia caracterizado, no por su famoso talante, sino por la misma traza de mediocridad política y pobre calidad humana que caracterizó a sus predecesores.

Posted by Javier Sampedro at 20:28:12 | Permanent Link | Comments (0) |