Crónica de una boda no anunciada
Sus vidas, muy diferentes entre sí, tienen el denominador común de ser como páginas de la historia de esta Iberia maltratada por liberticidas y explotadores. El catolicismo casi militante, el miedo a la libertad, la presencia colonial en África, las historias de estraperlo, las largas temporadas de los primos españoles en tierras portuguesas –donde en guerra y posguerra se estaba más seguro y se comía mejor- o la crueldad con que se trataba a quién rompía las normas de la moral de la época son, entre otros muchos, elementos que guarnecen su existencia. Sus memorias serían fuente de inspiración para los guionistas que, en televisión, relatan los aconteceres de los Lopes en Portugal y los Alcántara en España.
Ayer, los siete, con esa perspectiva y mayor serenidad de juicio otorgadas por una larga trayectoria vital, se reunieron, y compartieron durante varias horas recuerdos y emociones. Se les veía felices de reencontrarse entre ellos y de reencontrarnos a algunos, ya de la siguiente generación, pero que éramos recordados con un envidiable precisión.
Hablaron durante horas de sus cosas. Rieron y bailaron juntos. De muchos, aunque los conocí en mi infancia, tenía más recuerdos por los relatos de mi madre que por mi propia experiencia, pero era maravilloso ver como esos alegres sexagenarios o septuagenarios mantenían los mismos rasgos de carácter que mi madre recordaba.
Hacía tiempo que no veía a mi madre tan contenta. De alguna manera, la experiencia de ayer le llevó a recuperar de lo más profundo de su memoria recuerdos felices que ya parecían sepultados para siempre por la losa del olvido.
Y, yo, que estoy en esa edad en la algunos hemos aprendido a disfrutar con la felicidad de los hijos, primero, y con la de los padres después (lo he dicho en el orden correcto, no me he equivocado), fui también feliz de ver a mi madre, y a sus coetáneos, tan gozosos.
Pero no sólo me hizo dichoso verla a ella así. He de admitir que también yo me emocioné al reencontrarme con todos ellos y permitir que se estimulara una dulce y amable nostalgia. Los recuerdos que tengo de mi infancia con mi tía Gloria y mi tío Pepe son abundantes. Los de mis tíos segundos (los portugueses), son algunos menos y, sobre todo, menos nítidos de lo que quisiera. Pero, en todos los casos, están llenos de calidez y hay detalles cuyo recuerdo, aún casi cuarenta años después, me enternecen.
Si algo lamento de lo de ayer, es que las hijas de Dom João y Doña Ana no hayan podido compartir esta experiencia con nosotros. Si, allá donde estén, pueden ver estas cosas que hacemos los que aún no hemos pasado por el trámite de la muerte, estoy seguro que ellas también habrán sido felices de contemplar como el nieto de una ellas se casaba con la nieta de la otra.
A mi abuela Flor (a la que siempre llamé Ma Fo), a mi tía Julieta y a mi tía Libania, que ya no viven en este espacio y tiempo, gracias. Mamá, tía Gloria, tío Pepe, Jorge, Maria, Ana y João, gracias. Gracias por lo que habéis vivido. Gracias a vosotros, y a todas esas generaciones de la primera mitad del siglo XX por lo que nos habéis legado a los que llegamos después.
Nuno y Nieves, gracias por haberles permitido este emocionante reencuentro. ¡Os deseo lo mejor!