¡Feliz fiesta nacional!
Cada año se consuma el esperpento del 12 de octubre con pequeñas variantes. La novedad en esta ocasión, ha estado en que Su Excelencia el Jefe de la Oposición se ha dirigido a los españoles invitándoles a manifestar con “franqueza” su orgullo nacional y deseándoles una feliz fiesta nacional, cual si fueran a los toros.
Una vez más, el festejo lo ha presidido un Jefe de Estado cuyo cargo no procede de una elección democrática sino de la estirpe a la que pertenece y de la voluntad de un sátrapa. Aunque él, su esposa y sus hijos parecía gozosos de participar en el evento, la cara de aburrimiento que mostraba su nuera nos hace sospechar que ciertos gustos se llevan en la sangre y que, por más que se esfuerce Doña Letizia, pasará a mejor vida sin encontrarle la gracia a los desfiles.
Una vez más, ha ondeado la bandera y han sonado los acordes del himno de los golpistas que se alzaron en armas contra un gobierno democrático y el corazón de muchos se ha estremecido.
Una vez más, se elige una fecha que, además de carecer de significación histórica, pues conmemora hechos acaecidos antes de la existencia de España, hiere la sensibilidad de millones de seres humanos, principalmente descendientes de las víctimas, que se sienten identificados con los negros africanos y nativos americanos esclavizados, muertos y torturados y que perciben estas celebraciones como una suerte de escarnio al triste destino de sus antepasados.
Una vez más, el presidente del Gobierno se ha desempeñado con esa frialdad que le recrimina el vocero de radio-obispo al acusarle de escaso sentimiento patriótico, poco amor a España y desinterés por la bandera. La duda que asalta a todos es si su contribución a la patochada se debe a que es un pusilánime o a que está tratando asegurar un puñadito de votos entre la llamada derecha sociológica. Sea como fuere, nada bueno nos puede traer un presidente timorato o contemporizador con la derecha (aunque sea sólo “sociológica”).
Una vez más, en el desfile sólo han participado militares, caballos y cabras. Hemos esperado hasta el final, por ver si aparecían actuarios de seguros, pintores, maestros, otorrinolaringólogos, bibliotecarios, consultores, banderilleros, jardineros, electricistas, prostitutos, curas, oficinistas, jefes de estación, barrenderos, ingenieros, reponedores de hipermercado, taxistas, modistos, marinos mercantes, mayordomos, albañiles o miembros de cualquier otra profesión, pero nuestra paciencia no ha sido recompensada. De igual manera el homenaje fúnebre sólo ha alcanzado a militares muertos en acto de servicio. Ni una flor, palabra o canción para alguno de los mil trabajadores de otras profesiones fallecidos en accidente de trabajo en estos doce meses.
Una vez más, han exhibido obscenamente los artificios de matar. Fusiles, ametralladoras, cañones, tanques y lanzamisiles han invadido la ciudad sin que el alcalde haya formulado la más leve protesta. Celebran la fiesta de la nación exhibiendo todo lo que tiene la nación para hacer daño y aún se sorprenden de que haya quien no quiera ser parte de esa nación ni participar de esa fiesta. Definitivamente, son cínicos o idiotas.
Quizá algún día adviertan que ya no hay más nación que la humanidad y que lo que nos une con nuestros congéneres de cualquier parte de la Tierra es más que lo que nos separa. Quizá ese día decidan que las fechas a conmemorar sean aquellas que tengan que ver con la vida y no con la muerte. Quizá ese día se hagan fiestas para todos, sea cual sea su oficio, el lugar en que nació o la lengua que hable y en las que vayamos sin uniformes. Quizá ese día no se hagan amenazadoras exhibiciones de fuerza ni se gaste en armas mientras nuestros hermanos se mueren de hambre. Quizá ese día los únicos himnos que se canten sean aquéllos que nos recuerden que no hay nada por encima del ser humano y que ningún ser humano está por encima de otro.
Una vez más, el festejo lo ha presidido un Jefe de Estado cuyo cargo no procede de una elección democrática sino de la estirpe a la que pertenece y de la voluntad de un sátrapa. Aunque él, su esposa y sus hijos parecía gozosos de participar en el evento, la cara de aburrimiento que mostraba su nuera nos hace sospechar que ciertos gustos se llevan en la sangre y que, por más que se esfuerce Doña Letizia, pasará a mejor vida sin encontrarle la gracia a los desfiles.
Una vez más, ha ondeado la bandera y han sonado los acordes del himno de los golpistas que se alzaron en armas contra un gobierno democrático y el corazón de muchos se ha estremecido.
Una vez más, se elige una fecha que, además de carecer de significación histórica, pues conmemora hechos acaecidos antes de la existencia de España, hiere la sensibilidad de millones de seres humanos, principalmente descendientes de las víctimas, que se sienten identificados con los negros africanos y nativos americanos esclavizados, muertos y torturados y que perciben estas celebraciones como una suerte de escarnio al triste destino de sus antepasados.
Una vez más, el presidente del Gobierno se ha desempeñado con esa frialdad que le recrimina el vocero de radio-obispo al acusarle de escaso sentimiento patriótico, poco amor a España y desinterés por la bandera. La duda que asalta a todos es si su contribución a la patochada se debe a que es un pusilánime o a que está tratando asegurar un puñadito de votos entre la llamada derecha sociológica. Sea como fuere, nada bueno nos puede traer un presidente timorato o contemporizador con la derecha (aunque sea sólo “sociológica”).
Una vez más, en el desfile sólo han participado militares, caballos y cabras. Hemos esperado hasta el final, por ver si aparecían actuarios de seguros, pintores, maestros, otorrinolaringólogos, bibliotecarios, consultores, banderilleros, jardineros, electricistas, prostitutos, curas, oficinistas, jefes de estación, barrenderos, ingenieros, reponedores de hipermercado, taxistas, modistos, marinos mercantes, mayordomos, albañiles o miembros de cualquier otra profesión, pero nuestra paciencia no ha sido recompensada. De igual manera el homenaje fúnebre sólo ha alcanzado a militares muertos en acto de servicio. Ni una flor, palabra o canción para alguno de los mil trabajadores de otras profesiones fallecidos en accidente de trabajo en estos doce meses.
Una vez más, han exhibido obscenamente los artificios de matar. Fusiles, ametralladoras, cañones, tanques y lanzamisiles han invadido la ciudad sin que el alcalde haya formulado la más leve protesta. Celebran la fiesta de la nación exhibiendo todo lo que tiene la nación para hacer daño y aún se sorprenden de que haya quien no quiera ser parte de esa nación ni participar de esa fiesta. Definitivamente, son cínicos o idiotas.
Quizá algún día adviertan que ya no hay más nación que la humanidad y que lo que nos une con nuestros congéneres de cualquier parte de la Tierra es más que lo que nos separa. Quizá ese día decidan que las fechas a conmemorar sean aquellas que tengan que ver con la vida y no con la muerte. Quizá ese día se hagan fiestas para todos, sea cual sea su oficio, el lugar en que nació o la lengua que hable y en las que vayamos sin uniformes. Quizá ese día no se hagan amenazadoras exhibiciones de fuerza ni se gaste en armas mientras nuestros hermanos se mueren de hambre. Quizá ese día los únicos himnos que se canten sean aquéllos que nos recuerden que no hay nada por encima del ser humano y que ningún ser humano está por encima de otro.

