28/02/2008

Por el artículo 23 o lo llaman democracia y no lo es

El pasado 6 de diciembre acudí a una lectura pública de la Constitución Española y llegué justamente cuando una joven leía el artículo 23, que dice que todos los ciudadanos tenemos derecho a acceder en condiciones de igualdad a los cargos públicos.

Volví a casa y, emocionado, le conté a mi familia que España es un estado democrático dónde todos tenemos derecho a acceder en condiciones de igualdad a los cargos públicos. Llamé a muchos de mis compañeros del Partido Humanista y les leí una y otra vez el artículo 23 de la Constitución, el cual escuchaban con incredulidad.

Inmediatamente empezamos a idear como hacer que nuestros conciudadanos supieran que nos presentábamos a las elecciones y cuáles eran nuestras propuestas. Descubrimos que los mítines, la publicidad, las oficinas, etc. costaban mucho dinero, pero no sabíamos cuánto era razonable gastar en todo esto. A falta de mejores referencias, indagamos en los presupuestos del PSOE y del PP y averiguamos que gastarían unos 13 millones de euros y que ese dinero lo obtenían directamente del Estado. Calculamos que, en billetes de cincuenta euros, el paquete debía pesar por lo menos 250 kg, así que pedimos la furgoneta prestada a Paco y nos pusimos rumbo al Ministerio de Economía a recoger nuestros trece millones de euros para campaña electoral. Allí, Mayte les explicó que éramos los del Partido Humanista y que veníamos a por nuestros trece millones de euros y que, por favor, nos los dieran en billetes de cincuenta porque más grandes no te los cogen en ninguna parte. Cuál no sería nuestra sorpresa al descubrir que allí no tenían nuestro dinero ni lo habían tenido nunca. Al parecer, ese dinero sólo era para los que ya habían sacado escaños en ocasiones anteriores. Les protestamos diciendo que nos parecían unas condiciones de igualdad un poco raras esas de que unos empezaran la campaña con trece millones y otros sin nada, pero fueron infructuosos nuestros ruegos y súplicas. Hasta les explicamos que, si nunca nos daban el dinero, nunca podríamos salir electos y que esto era, como decían en mi casa, una pescadilla que se muerde la cola.

Paco, el de la furgoneta, mientras esperaba, además de recibir una multa, se leyó la ley electoral y descubrió que, según esa ley, los ayuntamientos cederían farolas para colgar carteles. Fue todo un consuelo. Pensamos que aunque no nos dieran el dinero, llenaríamos las farolas de la ciudad con nuestros lemas. Alegres, nos hicimos fotos (los más coquetos se las retocaron con el “photoshop”) y diseñamos carteles con atrevidos eslóganes. Cuando fuimos a la Junta Electoral a pedir información sobre las farolas en las que podríamos colgar nuestros carteles, nos preguntaron que a qué partido pertenecíamos y, cuando respondimos “humanistas”, en actitud condescendiente nos señalaron, sobre un plano, seis farolas que aún no recibían suministro eléctrico en un barrio con las casas desocupadas por carecer de cédula de habitabilidad. Víctor les recitó una y otra vez el artículo 23 de la Constitución y lo de las condiciones de igualdad, pero, en vista de que llevábamos el mismo camino que en el Ministerio de Economía, y antes de que volvieran a multar a Paco, nos encaminamos raudos al Ayuntamiento a preguntar cómo y cuándo podríamos colgar nuestros carteles en las farolas. Un funcionario encantador nos explicó que los carteles debían ser colgados por una empresa homologada, de acuerdo a un sistema de suspensión también homologado y que debíamos contratar un seguro de responsabilidad civil para la eventualidad de que las inclemencias meteorológicas provocaran la caída del cartel y éste dañara a algún transeúnte. Cuando le preguntamos al funcionario si sabía más o menos cuánto nos podría costar la broma, nos dio un susto tal que nos marchamos sin atrevernos a hacer más preguntas y sin mencionarle para nada el artículo 23 de la Constitución.

¿Existiría realmente el artículo 23 de la Constitución o era todo fruto de nuestros afiebrados sueños? Y andábamos tratando de dar respuesta a tan profunda cuestión, cuando supimos que se estaba fraguando el debate, o más bien, el padre de todos los debates en la hasta entonces desconocida Academia de la Televisión. Allá nos dirigimos, esta vez sin Paco, para pedir que me pusieran una silla y poder, en condiciones de igualdad, debatir con Rajoy y Zapatero. Nosotros teníamos mucho que decir. Estábamos seguros de que, si no íbamos, nadie defendería la derogación de la ley de extranjería o la necesidad de impulsar el desarme. De nada valieron los argumentos. Estaban todos demasiado preocupados acordando la temperatura del estudio, la distancia de las cámaras a los candidatos, el orden de intervención de Rajoy y Zapatero y otros asuntos de similar relevancia para la salud de nuestra joven democracia.
 
Mientras volvíamos a casa, Paco, que se nos estaba haciendo un experto en leyes, nos telefoneó para contarnos que, por haber presentado listas en casi todas las provincias, tendríamos derecho a veinte anuncios de treinta segundos en Televisión Española. Nos informó de que los grandes partidos tendrían noventa anuncios cada uno. La verdad es que éstas tampoco parecían “condiciones de igualdad”, pero tras la experiencia vivida en la Academia, recuperamos el ánimo al pensar que podríamos dirigirnos, aunque fuera por tan poco tiempo, a todos los ciudadanos desde la televisión pública.

Cuál no sería nuestra sorpresa cuando vamos recibiendo la información de los horarios en que los distintos partidos tendrían sus espacios gratuitos en la tele y, descubrimos que los noventa anuncios del PP y PSOE se emitirían con el telediario de la noche, cuando hay tres millones de telespectadores, mientras que nuestros veinte anuncios los colocarán de madrugada o en horario matinal mientras transmiten los concursos hípicos, cuando se espera que haya cuarenta y cinco mil personas viendo la tele. Cuando preguntamos por las “condiciones de igualdad” del artículo 23, nos explicaron que los partidos grandes eligen primero y después lo hacen los partidos pequeños. Repliqué que en casa de mis abuelos también los más mayores escogían comida de la fuente antes que los más jóvenes, pero que mis abuelos tenían la prudencia de poner suficientes piezas de comida para que nadie tuviera que conformarse con mojar pan en la salsa.

Estábamos al borde de tirar la toalla, cuando apareció Jordi, nuestro abogado de causas perdidas y hombre de fe inconmovible, y nos abrió nuevas puertas sugiriendo que debíamos depositar toda nuestra confianza en los jueces. Había estudiado la Constitución y, además de comprobar que el artículo 23 existía, había descubierto otro muy interesante: el 117. Decía este artículo que la justicia se administra por jueces independientes y sometidos únicamente al imperio de la ley. En vista de ello, decidimos acudir a los señores jueces de la Junta Electoral para pedirles anuncios en la tele en “condiciones de igualdad” con otros partidos, porque no veíamos manera de conseguir el millón y medio de votos que necesitaba para ser elegido Senador, si sólo cuarenta y cinco mil españoles se enteraban de que nos presentábamos.

Anteayer, Mayte, Jordi, Paco, Víctor y yo, esperábamos ansiosos, como concursantes de un reality show, la resolución de la Junta Electoral. Sonó el teléfono y, tras ello, el infernal pitido del telefax. Y esa fue nuestra penúltima decepción. El juez que preside la Junta Electoral firmaba una especie de sentencia colectiva en la que decía que se rechazaban a la vez todas las reclamaciones de todos los partidos referentes a los anuncios en televisión. La “sentencia colectiva” no decía nada del artículo 23 ni de acceso a cargos públicos en condiciones de igualdad. La perplejidad se reflejaba en nuestros rostros, pero, como somos gente de natural optimista, aún encontramos dos motivos de celebración. Nos alegramos de la fortuna que tienen el resto de ciudadanos porque aún no se haya extendido la práctica de las “sentencias colectivas” a otros ámbitos de la justicia, porque, dependiendo de con quién te toque recibir sentencia lo mismo te caen 25 años por hurtar un pintalabios en El Corte Inglés. También nos alegramos de estar tratando con el Presidente de la Junta Electoral y no con el de la República Francesa, porque esté último, para provocarnos el mismo sentimiento de desprecio, nos habría dicho “piraos, pobres gilipollas”.

Y, con todo esto, los cinco evaluamos la experiencia y concluimos que aunque lo llamen democracia, no lo es, y que mentes muy perversas habían concebido todo este tinglado para que no haya modo de echar de la poltrona a la media docena de partidos que ya están instalados.

A pesar todo, hemos decidido que, con artículo 23 o sin artículo 23, lo seguiremos intentando. Lo haremos porque tanto los humanistas como muchos amigos de otras organizaciones que tampoco tienen cabida en esta “democracia” creemos que merece la pena mantener viva la llama de la esperanza en un mundo no violento, más justo, más humano. Nos podrán arrebatar nuestros derechos, pero no podrán robarnos los sueños. Y, como dijera Allende, sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.

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28/08/2007

Crónica del I Encuentro de Planteles Autonómicos del Partido Humanista

El 25 y 26 de agosto tuvo lugar el I Encuentro de Planteles Autonómicos del Partido Humanista. Treinta y cinco participantes, venidos de Andalucía, Cantabria, Cataluña, Extremadura, Madrid, País Vasco y Valencia, nos dimos cita en Barcelona. Pretendíamos intercambiar puntos de vista sobre el mejor modo de hacer cumplir al partido su papel de expresión política del movimiento y ponernos de acuerdo en las acciones a emprender en el nuevo curso político. La reunión se celebró en un amplísimo y acogedor local en Nou Barris. Una enorme pancarta de Mundo Sin Guerras ocupaba un lugar destacado.

Nos costó un poco arrancar. Las expresiones de alegría por el reencuentro con viejos amigos, las presentaciones y las conversaciones informales en corrillos amenazaban con ocuparnos el fin de semana entero. En la mañana la discusión fue conjunta y tenía por objeto dar forma a una imagen compartida sobre el partido que queríamos construir y los atributos que éste debía tener para servir mejor a la obra común. Tras ello, almorzamos en el propio local o, para ser más preciso, en el amplio callejón por el que se accedía. Ensalada, pollo asado, patatas fritas, melón, refrescos y café; invitación de unos anfitriones que hicieron todo lo posible para que los que habíamos viajado nos sintiéramos como en casa.

Después de la comida nos dividimos en cuatro grupos de trabajo, que se correspondían con las secretarías principales: general, organización, movilización y prensa, para tratar de establecer las líneas de acción de cara a las elecciones de 2008.

La comisión de prensa fue la que contó con mayor número de participantes. De ella salió el plan de reactivar la página Web del partido y se fijaron acciones que permitieran alcanzar ese objetivo en un plazo breve. Las otras comisiones también plantearon acciones que deben conducirnos a que tras las elecciones de 2008 contemos con un partido más sólido, mejor organizado y más útil para el desarrollo del Movimiento.

La mañana del domingo fue dedicada principalmente a intercambiar acerca del posicionamiento del Partido sobre los cuatro temas básicos: inmigración, desarme, psicofármacos y salud.

Además de las conclusiones alcanzadas en el trabajo conjunto, que nos permitirán hacer un partido mejor y de las que darán buena cuenta el acta de las reuniones, fue destacable el entusiasmo compartido por los participantes y la disposición unánime de trabajar codo a codo para abrir hueco en el medio a la voz social y política del nuevo humanismo. Muchos volvimos a casa con la certeza de que aquello había sido bueno para cada uno nosotros y que, más pronto que tarde, también sería bueno para el Movimiento.

Navacerrada, 27 de agosto de 2007.

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21/03/2007

Crónica de una manifestación no autorizada

Madrid, 17 de marzo de 2007, 20 horas, manifestación de condena a la guerra en Irak. Un individuo portando una pequeña bandera naranja, sujeta en el extremo de un largo mástil y que precede a un grupo de manifestantes caracterizados por la abundancia de banderas, pancartas y sombreros del mismo color, se escora hacia la derecha y abandona la manifestación casi al final del Paseo del Prado. Como un resorte, el grupo anaranjado, de modo más bien desordenado le sigue hasta ubicarse en el final de la calle Atocha, dónde ésta desemboca en la plaza homónima.

El abanderado se retira hacia un lado, y un grupo, integrado mayoritariamente por mujeres jóvenes se despliega de un lado a otro de la calzada portando una pancarta del Partido Humanista. Tras ellas se van ubicando el resto de los manifestantes que han abandonado el grueso de la manifestación principal y, como un río que desafía la fuerza de la gravedad, empiezan el ascenso por la calle Atocha.

A los pocos metros esperan varias furgonetas policiales y algunos jóvenes policías armados con material antidisturbios y algo nerviosos. El que pareciera ser el jefe de los uniformados se acerca al más añoso de los portadores  de la pancarta, ubicado en el extremo izquierdo y le interroga. - “¿Hacia dónde se dirigen?” –pregunta el policía

- “A la Plaza Mayor, a concentrarnos allá a favor del desarme nuclear total”.

El jefe policial se comunica por radio con sus superiores y vuelve a preguntar:

- “¿Son Vds. los de Guantánamo?”
- “No señor, nosotros somos de aquí… bueno, la mayoría somos de aquí”
- “¿Tienen Vds. permiso?”
- “Sí, por supuesto”.
- “Esperen… desplieguen bien la pancarta, que podamos leerla”

El policía vuelve a emplear la radio y, de pronto, empieza a escucharse en todos los radios trasmisores de los policías que van rodeando a los manifestantes:

- “Dice ‘No a la Guerra, Por una Europa Unida, Partido Humanista’ y el responsable de la manifestación declara no ser de los de Guantánamo y disponer de permiso para concentrarse en la Plaza Mayor.”

Le responden algo que los manifestantes no alcanzan a escuchar y señala amablemente:

- “Pueden Vds. continuar”

Desde luego nadie le explicó el detalle de que los humanistas disponían de permiso para concentrarse en la Plaza Mayor pero no para manifestarse desde la Glorieta de Atocha hasta su destino y, mucho menos, interrumpiendo el tráfico rodado. Tampoco pareció importarle mucho al policía semejante detalle.

Así, la manifestación, autorizada sobre la marcha por las fuerzas de orden público avanzó camino a su destino. La cabecera se desplazaba con inusitada rapidez porque, al parecer, los medios de comunicación estaban convocados y  parecía descortés que el grueso de los concentrados llegara después de los fotógrafos. A la altura del metro de Antón Martín, dos furgonetas policiales cortan el paso. Otros diez policías antidisturbios, portando sus cascos en la mano izquierda y la porra en la derecha. Algún humanista se acogotó (cosa rara entre los humanistas, pero cada uno es libre de tener sus miedos –o su prudencia-) y preguntó:- “¿Y si nos vamos por la acera y en silencio?” 

Pero no parecía que ése fuera el ánimo de la mayoría de los manifestantes humanistas. La tensión entre los integrantes de la cabecera de la manifestación y los agentes policiales apenas duró unos instantes. El mando policial apareció de nuevo desde atrás, se acercó sigilosamente al manifestante que él mismo había decidido erigir en interlocutor y le apuntó, con extrema cortesía:

-“mire… ¿les importaría a Vds. ir un poco más despacio? Así nosotros no tenemos que correr tanto y Vds. van más agrupaditos y les sale una manifestación más lucida.”

Los humanistas que escuchaban al policía no daban crédito a sus oídos, pero vista la amabilidad con la que había sido formulada la petición, la natural solidaridad de los humanistas con el resto de los seres humanos (incluidos los agentes del orden) afloró y todos redujeron el paso, para que los sufridos funcionarios no se quedaran exhaustos. Además la indudable experiencia que las fuerzas de orden público tienen en materia de estética manifestacional contribuyó a que la sugerencia fuera atendida.

Sólo un humanista díscolo, segundo por la izquierda de la pancarta y más o menos de la misma edad que el jefe policial parecía ignorar las directrices de éste, y cada rato, como si de un danzante zulú en Soweto se tratara y entre cánticos de “No violencia activa, alternativa”, comenzaba a correr, provocando el agotamiento del resto de pancartistas, la mayoría más jóvenes que él y la desesperación del policía al mando que veía como la manifestación perdía en belleza por la dispersión de los manifestantes, mientras los hombres a sus órdenes sudaban la gota gorda.

Finalmente el grupo alcanzó su destino: la Plaza Mayor de Madrid. Entre nuevos cánticos y danzas, el grupo hizo, al sprint, su triunfal entrada en el recinto, dejando atónitos a los nativos y foráneos que habían aprovechado la agradable tarde de fin de invierno para pasear por la emblemática plaza.

Cientos de personas, entre los recién llegados y los humanistas que esperaban ya en la plaza formaron un círculo humano, en el que la mayoría de sus integrantes portaban linternas. Reivindicaban el desarme nuclear total. De los detalles de lo acaecido en la Plaza Mayor dan fe las fotografías y las grabaciones de vídeo.

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16/08/2006

Despedida de Agustín Bravo

Navacerrada (Madrid), 15 de agosto de 2006.

El domingo, sobre las 9 de la noche, junto al monolito del Parque Toledo, varios amigos nos reunimos para recordar conjuntamente a Agustín y dispersar parte de sus cenizas en ese lugar, tan especialmente querido para él, para lo suyos y para muchos siloístas.

Al llegar saludamos a Maribel y a Rocío. Pilar y yo tuvimos la impresión, que compartimos luego en el viaje de retorno, de que ambas se encontraban bastante bien, teniendo en cuenta la importante pérdida que han experimentado.

 

Eduardo Gozalo y Antonio Rey oficiaron una ceremonia de bienestar. Efectuaron ligeras adaptaciones al texto original para adecuarlo al hecho que nos había reunido. Incluyeron varias menciones a Agustín.

 

Finalizada la ceremonia alguien pidió un aplauso para nuestro amigo Agus, que los reunidos secundamos. Posteriormente, Soledad Zurita propuso que escucháramos una composición musical preparada al efecto por un amigo. Se invitó a los presentes a hablar y sólo Maribel Pinel se acercó al monolito, mientras sonaba la música (excelente, por cierto) y pronunció ante todos unas palabras dirigidas a nuestro querido Agus.

 

Recordó Maribel que conoció a Agustín en la población madrileña donde ella y otros amigos habían abierto poco tiempo atrás un local del Movimiento. Evocó los primeros acercamientos de Agustín en el Movimiento, con su excelente disposición a colaborar en nuestras actividades sociales y las dificultades con que se encontraba Maribel para conseguir que “se sentara y cerrara las ojos”. Le agradeció lo recibido de él en los largos veinte años transcurridos desde que se conocieron y, muy especialmente, el regalo que le dejó en la forma de la hija de ambos, Rocío, que comparte con Agustín numerosos rasgos de su carácter. Probablemente fueron los minutos más emotivos de todo el acto, pues sus palabras nos ayudaron a evocar de modo muy sentido el recuerdo de nuestro amigo.

 

Los ojos de los (y, sobre todo, las) de lágrima más floja se humedecieron (en algunos casos, se desbordaron). Se dejaron ver, sobre todo, muchas sonrisas suaves, de quiénes agradecían haberle conocido y, aunque no compartieran hijos con él, hacían memoria de los muchos presentes recibidos.

 

Maribel, con un gesto simpático, aprovechó la ocasión para recordarle a Agus que se marchó dejando el armario de los libros cerrado y reclamarle que revelara dónde había escondido la llave. La petición despertó la hilaridad de todos. Falta por ver si Agustín recibió el mensaje y, en su caso, si le hizo la misma gracia la broma, si tiene todavía alguna clase de interés en estos asuntos terrenales y si dispone de algún medio para atender la petición.

 

Esta petición fue suficiente para poner distancia con el dramatismo y dejar que, aunque las emociones nos invadieran, nos recreáramos más en la fortuna de haber compartido tiempo y espacio con Agustín que en la tristeza por su marcha hacia regiones ignotas.

 

Tras las palabras de Maribel, se produjo un momento de desconcierto por no saber muy bien qué hacer exactamente con sus cenizas. La inexperiencia de todos en estos asuntos era más que evidente : resultaba poco ceremonioso vaciar la vasija directamente al suelo; parecía impropio arrojarlas al aire y que cayeran sobre los presentes que nos manteníamos en semicírculo alrededor del monolito…No sé muy bien cómo empezó la cosa, pero algunos empezaron a acercarse y tomar un puñado de cenizas que arrojaban a continuación donde les parecía más adecuado: alrededor del monolito, al aire, sobre sus espaldas, junto al único árbol que había en todo el terreno, etc. Tras eso, seguían quedando cenizas en el recipiente, por lo que los que lo sujetaban optaron por acercarse a los más tímidos y ofrecerles que tomaran cenizas de allá.

 

Dispersas las cenizas, se fueron formando corrillos donde las conversaciones variaban. Se hablaba del acto, de Agustín, de eventos próximos, de los avances del proyecto de Alejandría, de lo acaecido en el largo tiempo en que no se habían visto algunos de los presentes  o de lo mayores que estaban los niños…

 

Y así, nos fuimos marchando, con el vívido recuerdo de ese Agustín al que su locuacidad, sus malas pulgas y sus sonoras y francas carcajadas le han hecho inolvidable para los que apenas le conocieron; y con el aún más vívido recuerdo de ese Agustín al que su confiabilidad, su generosidad y su entrega le han hecho ya inmortal para aquellos a los que el Destino nos premió permitiéndonos compartir momentos relevantes de su vida.

 

Posted by Javier Sampedro at 19:22:38 | Permanent Link | Comments (0) |